lunes, 23 de marzo de 2020

El último superviviente


¿Te imaginas que en un abrir y cerrar de ojos y descubras que todo está vacío y en silencio, que todas las personas y bullicio que antes había a tu alrededor ha desaparecido? ¿Qué ha pasado? ¿Estás soñando o un agujero espacio-temporal se ha tragado toda la vida humana y te ha dejado a ti solo en este mundo? ¿Qué sensación se tiene al descubrir que eres el único superviviente de la civilización tras una catástrofe que ha aniquilado todo signo de vida? ¡Menuda papeleta! ¡Vaya susto! Pues eso es lo que le pasó un día a la responsable de Investigación de Mercados de ICI-Zeltia. Esta es la historia…

Era un día laborable normal, como tantos otros; no había nada especial ni en el ambiente interior del edificio que albergaba a muchas decenas de trabajadores ni en el exterior, en donde lucía un sol espléndido. Mercedes –que así se llamaba la responsable de Investigación de Mercados- sintió la llamada inexcusable de la necesidad… de la necesidad de ir al servicio para asuntos mayores.

Cierto es que las mujeres –a diferencia de los hombres- no se llevan lectura (sea impresa o digital) al váter, pero el caso es que le llevó un tiempo un poco más largo de los normal hacer sus necesidades fisiológicas. Cuando salió quedó sorprendida de no ver a nadie a su alrededor: los puestos de trabajo estaban en plena faena (ordenadores encendidos, chaquetas colgadas en los respaldos de las sillas, papeles sobre las mesas…) pero no había nadie; todos habían desaparecido.

Tras la primera reacción de sorpresa pensó que aquello era obra de mi colega Javier y de mí mismo, ya que con frecuencia gastábamos bromas a los compañeros. “Esto es que se han escondido todos para darme un susto”, pensó no sin cierta lógica. Pero recorrió toda la planta y no vio absolutamente a nadie. Ya estaba más escamada, así que subió a la planta superior, en donde estaban los directores y tampoco vio allí a nadie. ¿Cómo era posible que en cuestión de segundos hubiera desparecido de la empresa todo el mundo? Ya no podía tratarse de una broma, porque no se hubieran prestado a la misma todos los directores y todos los empleados de la oficina.

El corazón le latía más deprisa, tratando de encontrar una explicación lógica a todo aquello. No era normal que en cuestión de segundos se volatilizase todo rastro de vida humana y que sólo ella hubiera sobrevivido a una catástrofe cósmica convirtiéndose en la única superviviente del planeta.

Al cabo de unos minutos que se le hicieron eternos escuchó el ruido de los ascensores, se abrieron las puertas y salieron de allí un montón de compañeros del trabajo. Ahora, la cara de asombro de ellos era mayor que la cara de asombro de ella. “¿Pero qué haces aquí?”, le preguntaron. “¿De dónde venís?”, preguntó ella.

Y por fin le explicaron lo que había pasado: Ese día y a esa hora (ella no se había enterado) había un simulacro de evacuación del edificio, por lo que todos salieron ordenadamente de sus despachos hasta la calle justo en el momento en que ella estaba en el váter haciendo caca. Con cierta vergüenza tuvo que reconocer que no sabía nada y que no se había enterado de nada porque estaba en el váter muy entretenida y posiblemente estreñida (no fueron estas sus palabras exactas, pero todos lo comprendimos perfectamente).

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