jueves, 14 de marzo de 2024

Ausente de mi sueño

No siempre podemos soñar con lo que queremos, o con la persona a quien queremos. Por muy grande que sea nuestro amor, el sueño no obedece nuestros deseos, tal como sucede en este breve relato…
 
HOY NO HE SOÑADO CONTIGO
 
Las noches eran para Miguel su auténtica libertad, la posibilidad de escapar a un mundo de libertad aunque no siempre lo fuese también de felicidad. Pero sabía que todo era efímero, que apenas rozado el cuerpo con las sábanas al despertar, aquellas vivencias del sueño se desvanecían como por arte de magia. Por eso había tomado la decisión de escribir -nada más levantarse- todo lo que fuese capaz de recordar sobre sus sueños. El primer día apenas si escribió unos renglones, le costaba recordar lo que había soñado aun cuando aún estuviese con el pijama puesto, sentado en la mesa y sin haber hecho otra cosa que sentarse a recordar y escribir. Sin embargo, no se rindió, siguió intentándolo día a día y pronto descubrió que unas nuevas puertas se abrían ante él: el mundo de los sueños le daba la bienvenida.
 
Cada día, al despertar, lo primero que hacía era ponerse a escribir cuanto recordaba de sus sueños y esta práctica le hizo ganar en maestría; comprobó cómo cada vez era capaz de recordar con más detalle todas las vivencias de esa otra vida que había llevado durante la noche. Descubrió también que los sueños estaban construidos mediante una amalgama en donde se mezclaban hechos reales, pensamientos y deseos, pero mezclados de tal forma que no era posible distinguir qué había de realidad, de sueño y de anhelo en cada uno de los detalles.
 
Hubo un día que fue distinto. Se sentó a escribir y sólo pudo transcribir esto:
 
“Hoy no he soñado contigo.
Perdóname, no debió ser así.
Y lo siento más que tú, pues ha sido una noche en la que mi espíritu ha muerto: no estabas para hacerlo renacer.
Oscuridad, silencio, vacío que ahogaba mis incipientes deseos. Dormido, todo estaba dormido.
 
No sé si lograrás comprenderme; siempre me fue difícil amoldarme a tu cuerpo, aunque tu espíritu latiese en mis entrañas.
Sí, tal vez porque me has mantenido distante te he deseado todos los días y te he olvidado por las noches.
En el fondo me alegro, has permanecido intacta a todos mis pensamientos.
 
No han existido las obras, todo ha sido distancia. ¿Dónde estabas cuando mi cuerpo te llamaba? No; será que mi cuerpo nunca te ha buscado, sólo lo ha hecho mi alma.
Y mi alma ha sido impotente al no tener hechos tangibles en que apoyarse.
No te lo reprocho, al contrario; me alegro. Pero se va acercando el tiempo y mis manos no te han visto renacer.
Atrás queda un encuentro lejano, perdido en la nostalgia de un día triste.
¿Qué hemos hecho en este tiempo?
Nada sé; es la ausencia.
 
Necesito protección, necesito amparo”.
 

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miércoles, 13 de marzo de 2024

Analepsis y prolepsis

En vez de decir “flashback” deberíamos utilizar la palabra española “analepsis” que, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) es “pasaje de una obra literaria que trae una escena del pasado rompiendo la secuencia cronológica”.
 
Y si ese salto narrativo lo queremos hacer hacia el futuro, también tenemos otra palabra en español para expresarlo, “prolepsis” que, según la RAE, es un “pasaje de una obra literaria que anticipa una escena posterior rompiendo la secuencia cronológica”.
 
Todos hacemos habitualmente “analepsis” y “prolepsis” y sin embargo no utilizamos estas hermosas palabras que tenemos en nuestro idioma. Así que podemos seguir haciendo todas las anacronías que queramos, esto es, alterar el orden natural de lo que estamos contando, tanto si vamos hacia atrás en el tiempo “analepsis” como si vamos hacia el futuro “prolepsis”, pero, por favor, utilicemos nuestro idioma y dejemos el “flashback” para los angloparlantes.
 
Como ejemplo de estas anacronías en la narrativa, aquí dejo este pequeño relato que escribí hace ya muchos años, con un interesante juego de analepsis y prolepsis:
 
ROJO SOBRE NEGRO
 
Miguel camina solo y triste en el atardecer. Sus pasos titubean y se resienten en su lucha contra el asfalto. Tiene la vista perdida en esa lejanía que impiden los grandes edificios. Sus ojos, mojados vagamente, difuminan todas las cosas. A su lado siente pasar ráfagas de viento. De vez en cuando retumban en sus sienes unos ruidos... una música estúpida y cambiante. Va cerniéndose la noche en un revoloteo silencioso sobre su cabeza.
 
-oOo-
 
Isabel lo miraba con sus tiernos ojos. Sus manos poco a poco se fueron acercando. Ella dejó sobre la mesa el contacto frío del vaso. La mano de Miguel seguía acercándose imperceptiblemente. De pronto ambos sintieron el contacto de una mano ajena. Sin decir nada, mirando simplemente aquellas manos, fueron estrechándolas cada vez con más fuerza.
 
-oOo-
 
Miguel camina lento y fatigoso. Sus pasos se aceleran cada vez que una persona pasa a su lado. Se diría que huye, pero no; nadie lo sigue. Acaso sea su sombra que nunca se aparta de su lado. Y ante él todo está turbio y extraño. No conoce aquella larga avenida, interminable. Se ahoga, está cansado de andar tanto por ese mismo camino, todo recto, sin final.
 
-oOo-
 
- ¿Cómo es que vienes solo? –le preguntó Antonio mientras le tendía la mano.
- No ha podido venir –dijo Miguel insensiblemente.
No había podido ir, pero “No te preocupes”, le había respondido Antonio. Efectivamente no tenía que preocuparse, allí estaba Maribel.
 
-oOo-
 
Miguel, sin saber por qué, ha consultado el reloj. Son las nueve y media de la noche. Sigue caminando. El sol rojizo y tenue apenas es ya un resplandor en el horizonte.
 
-oOo-
 
- ¿No te molesta esta luz? –susurró Maribel.
- Un poco, ¿por qué? –respondió, aún ignorante, Miguel.
Sin hablar, en un instante confuso, se sintió arrastrado hacia un rincón donde otras parejas ignoraban cuanto estuviese a su alrededor. Allí no les molestaría ni siquiera aquella tenue luz rojiza. Entonces no hizo falta que ninguno de los dos comprendiera nada. Una fuerza superior a ellos los condujo a un mundo incomprensible de caricias.
 
-oOo-
 
Miguel está fatigado y siente un frío mortal que invade su cansado cuerpo. En un instante, aquella avenida se transforma en puente. Él se asoma apoyándose trémulo en la frágil barandilla. El paisaje de abajo no es distinto: coches de diversos colores pasan más deprisa que sus reflejos. Él, torpe, siente de pronto una rebelión en su interior. Su alma quiere volar por el vacío, lanzarse hacia el abismo y acabar con aquella interminable agonía de su espíritu; pero las manos –en un instinto primitivo de supervivencia- se aferran brutalmente a aquella barandilla. En una lucha de fuerzas contra sí mismo, se suelta al fin y se da la vuelta para correr atravesando la calzada. Sólo es cuestión de segundos, pero su cuerpo vacila de nuevo... y se detiene. Una ráfaga se acerca hacia él que intenta –tarde- esquivarla. Se escucha un golpe seco y el chirriar de los neumáticos sobre el asfalto. Miguel siente un fuerte dolor en todo el cuerpo mientras aquella ráfaga de luz continúa sin detenerse hasta perderse al final entre otros coches.
 
-oOo-
 
Volvía Miguel, alegre, a su casa; mas cuando ya se disponía a entrar, su vista se posó bruscamente en un cuerpo de mujer: Isabel.
-¿Qué haces aquí? –acertó a preguntar, titubeante, Miguel.
Su cerebro, marcado por el alcohol, no acertaba a reaccionar debidamente. Ella lo miraba fijamente. Se observaba en sus ojos una maraña extraña de sensaciones. Era amor, era desprecio, era... todo menos indiferencia o asombro.
Al final comprendió Miguel lo que aquellos ojos le decían, o mejor dicho, lo intuyó. Se lanzó como loco hacia ella y prorrumpió en gritos o gemidos: “Yo no he sido ¿comprendes? No hice nada. No tuve la culpa”. Pero ella permanecía en silencio. Entonces la presión de las manos sobre sus hombros se hizo más leve... ella se alejó lentamente. Las manos que antes aprisionaban sus hombros colgaban ahora muertas de sus brazos, y su rostro se levantaba impotente al verla desaparecer.
 
-oOo-
 
Miguel yace tendido en la acera. Respira con dificultad. Trata de incorporarse y su esfuerzo resulta estéril. Siente un gran dolor en todo el cuerpo. Su vista se detiene entonces sobre el asfalto negro: está manchado de sangre. Instintivamente se lleva la mano a la frente y en los dedos nota el contacto de ese cálido líquido de la vida y de la muerte. Se estremece. Sacando fuerzas de donde no las tiene, logra al fin reincorporarse. Se pasa el pañuelo por la frente y este se mancha con el carmín de la muerte.
A duras penas, Miguel camina de regreso por la infinita avenida. Atrás, aquella pequeña mancha de sangre sobre el asfalto, se va perdiendo –como todo- en la distancia.
 

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martes, 12 de marzo de 2024

Realidad, sueños y anhelos

Uno de mis primeros libros de juventud fue una selección de relatos cortos en donde mezclé vivencias personales, sueños y anhelos. De todo ello salió un puzzle del que nunca supe distinguir qué había de realidad, de sueño o de deseo en cada uno de los relatos. Así comenzaba…
 
A PUNTO
 
Esperando. Así se comienza. Esperando el principio. Una llamada telefónica que ha de mover toda una vida envuelta en la esperanza. Miguel comenzó la mayor campaña publicitaria de su vida, vendía: a sí mismo; su trabajo, sus ideas. Hasta entonces había llevado una vida irregular; el fiel de la balanza no lograba restablecer el equilibrio. Altos y bajos, euforia y pesimismo; eso era todo. Alguna vez se cansó.
 
Como siempre conectó el tocadiscos para embalsamar su espíritu. Como siempre, encendió un cigarrillo para llenar de niebla el presente; acaso fuese una táctica para escapar más fácilmente hacia su verdadero mundo, el interior. Como siempre, se sirvió una bebida (ahora sin alcohol; alguna vez llegó a emborracharse y no quería repetir la experiencia) y de vez en cuando daba un sorbo y lo paladeaba, le gustaba recrearse en los pequeños placeres de la vida. Como siempre, se puso a escribir algo, trataba de conocerse mejor cada día; en realidad su mundo interior era tan amplio que nunca llegaba a conocerse del todo. Aparte de esto, lo demás no era “como siempre”.
 
- “¿Dónde diriges tus pasos, humano?
- Al esfuerzo, al querer y a la batalla.
- ¡Caminas loco!
- Eso dicen, hermano, pero siento dentro del pecho fuego, fuego y algo que –de sentirlo tú- serías loco, loco, feliz y vivo como yo”.
 
Miguel recordó, por un momento, aquellas palabras de su maestro que supieron encauzar toda su potencia creativa a un fin concreto. Y las repetía, se las sabía de memoria, se sentía identificado con ellas. Estaba impaciente, quería salir pronto de ese letargo para edificar toda la vida que había ido construyendo a base de sueños, anhelos y realidades. Atrás, un poco atrás, iba quedando el puzzle anterior. Estaba saliendo. Quería hacerlo más deprisa, pero sabía contenerse. La experiencia no siempre es imprescindible, pero sí es verdad que ayuda mucho. Posiblemente hace un par de años no hubiera podido esperar ese momento con tanta serenidad. Sin embargo, era esta una serenidad fingida, social; en su interior trataban de aflorar todas sus fuerzas y él se contenía. Era su pequeño y primer triunfo sobre la vida. “El coraje se lleva dentro, la planificación o autocontrol se aprende con los años, y cuando se logran unir estas dos cosas ya podemos cantar victoria: estamos preparados para la vida”, pensaba.
 
En aquél día no tenía cabida en su alma el pesimismo. Se sentía pletórico y controlado: una mujer que le esperaba. Era real. Todos los momentos que respiraba eran más reales que nunca. Prácticamente estaba esperando la llamada que confirmase la culminación de sus anhelos. Y ella... siempre ella orientando su vida hacia la luz, hacia la fuerza. Se sentía loco, feliz y vivo.
 
Se acabó el puzzle cuando nadie lo esperaba, ni siquiera él mismo. Se encontró con esa sorpresa una mañana. Pero ahora quería recordar un poco todos esos años turbios en que no llegó a discernir lo real, los anhelos y los sueños. Eva, Elena, María, Ana, Gunvor, Amparo... sólo nombres, pero también algo más: una clave a descifrar el por qué de su vida.
Algo hubo de real y algo también de sueños y de anhelos. Él mismo reconoció un día la potencia de su mente, capaz casi de crear cosas de la nada. Miguel quería sentirse hombre y acaso fuese así siempre, pero necesitaba imperiosamente que alguien ajeno se lo confirmase. Por eso lo buscó más allá del límite de sus fuerzas. Gritaba, reía, lloraba, hacía el amor, intentaba suicidarse, se emborrachaba, dormía, esperaba; intentaba escapar de una sociedad mal concebida que no era acorde con sus ideas... y no podía, tenía que vivir en ella.
 
“No puedo escapar”, se dijo, y como única puerta de salida vio su interior: “Aquí no me encontrarán ni podrán hacerme daño”. Así se vio de nuevo en su claustro materno. Pero había una diferencia: ahora podía pensar y se daba cuenta de su estrechez y su soledad. “¡No quiero estar solo!”, gritó. Pero los tejidos y la placenta a la que había retornado, ahogaban sus gemidos. Estaba empezando a sentir claustrofobia que enturbiaba su hasta entonces sano razonamiento. Vinieron entonces las alucinaciones que enturbiaron más aún su mente.
 
Una extraña infidelidad, fruto de su inexperiencia, hace que se rompan las ligazones que podían haber marcado su camino. Está a punto de morir, pero queda a la deriva, borracho, malherido, presa fácil de las alucinaciones, inmerso en un mundo que no acierta a comprender. Una mujer lo ama y Miguel hace al amor con ella, traicionando así a su mejor amigo. Una mujer que no lo ama, flirtea con él mientras le expone una falsa realidad que Miguel acepta. Una mujer que no lo quiere le engaña con falsas historias; después Miguel lo discute aun sabiendo que todo aquello es frío y falso, un engaño de los sentidos. Una mañana se encuentra solo, frío y vacío: tiene la mente en blanco. Un día recuerda una escena lejana en el tiempo y así lo reconoce: “¡Qué atrás se ha quedado el tiempo!”. Un día despierta en un paisaje que no conoce, con la sensación de haber hecho el amor esa noche y, fatigado y sin ganas de pensar, duerme otra vez junto a ese cuerpo ajeno que no conoce. Un viaje nocturno le lleva a un país extraño donde se enamora de una camarera mientras su padre vive otra extraña experiencia...
 
Durante todo ese tiempo había ido luchando por salir de aquél claustro materno en el que se había recluido voluntariamente y que ahora lamentaba. Comenzó a sacar la cabeza y ver la realidad de las cosas; pero aún tenía dentro la mayor parte de su cuerpo y su limitación de movimientos no le permitía ver en toda su amplitud la realidad de cuanto le rodeaba. Conoció, entonces, a otra mujer que le guiaría hacia la luz, que le ayudaría a salir. Cada parpadeo ante el esfuerzo llevaba a su mente nuevas alucinaciones, pero ya no se dejaba vencer. Así, poco a poco, también fue sacando algunos miembros. Y ya finalmente, tras un gran esfuerzo, se vio libre, recién nacido a un mundo que no había cambiado pero en el que ahora sí podría vivir.
 
Se puso en pie. Miró hacia atrás. Allí estaba la realidad de su vida, lo ficticio de sus sueños y la realidad-sueño de sus más fervientes anhelos. Allí estaba él, un hombre que no había sabido distinguir lo real y lo falso de su vida, pues todo cuanto le rodeaba era confuso y le obligaba a seguir, seguir, seguir siempre sobre el límite de sus fuerzas. Pero en el fondo agradeció aquella lucha donde iría, poco a poco, muriendo lo negativo de su vida y donde quizás encontrase la salvación de una parte de su ser cuando el sueño y el anhelo se hiciesen también realidad.
 

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