No
siempre podemos soñar con lo que queremos, o con la persona a quien queremos. Por
muy grande que sea nuestro amor, el sueño no obedece nuestros deseos, tal como
sucede en este breve relato…
HOY
NO HE SOÑADO CONTIGO
Las
noches eran para Miguel su auténtica libertad, la posibilidad de escapar a un
mundo de libertad aunque no siempre lo fuese también de felicidad. Pero sabía
que todo era efímero, que apenas rozado el cuerpo con las sábanas al despertar,
aquellas vivencias del sueño se desvanecían como por arte de magia. Por eso
había tomado la decisión de escribir -nada más levantarse- todo lo que fuese
capaz de recordar sobre sus sueños. El primer día apenas si escribió unos
renglones, le costaba recordar lo que había soñado aun cuando aún estuviese con
el pijama puesto, sentado en la mesa y sin haber hecho otra cosa que sentarse a
recordar y escribir. Sin embargo, no se rindió, siguió intentándolo día a día y
pronto descubrió que unas nuevas puertas se abrían ante él: el mundo de los
sueños le daba la bienvenida.
Cada
día, al despertar, lo primero que hacía era ponerse a escribir cuanto recordaba
de sus sueños y esta práctica le hizo ganar en maestría; comprobó cómo cada vez
era capaz de recordar con más detalle todas las vivencias de esa otra vida que
había llevado durante la noche. Descubrió también que los sueños estaban
construidos mediante una amalgama en donde se mezclaban hechos reales,
pensamientos y deseos, pero mezclados de tal forma que no era posible
distinguir qué había de realidad, de sueño y de anhelo en cada uno de los
detalles.
Hubo
un día que fue distinto. Se sentó a escribir y sólo pudo transcribir esto:
“Hoy
no he soñado contigo.
Perdóname,
no debió ser así.
Y
lo siento más que tú, pues ha sido una noche en la que mi espíritu ha muerto:
no estabas para hacerlo renacer.
Oscuridad,
silencio, vacío que ahogaba mis incipientes deseos. Dormido, todo estaba
dormido.
No
sé si lograrás comprenderme; siempre me fue difícil amoldarme a tu cuerpo,
aunque tu espíritu latiese en mis entrañas.
Sí,
tal vez porque me has mantenido distante te he deseado todos los días y te he
olvidado por las noches.
En
el fondo me alegro, has permanecido intacta a todos mis pensamientos.
No
han existido las obras, todo ha sido distancia. ¿Dónde estabas cuando mi cuerpo
te llamaba? No; será que mi cuerpo nunca te ha buscado, sólo lo ha hecho mi
alma.
Y
mi alma ha sido impotente al no tener hechos tangibles en que apoyarse.
No
te lo reprocho, al contrario; me alegro. Pero se va acercando el tiempo y mis
manos no te han visto renacer.
Atrás
queda un encuentro lejano, perdido en la nostalgia de un día triste.
¿Qué
hemos hecho en este tiempo?
Nada
sé; es la ausencia.
Necesito protección, necesito amparo”.
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En vez de decir “flashback” deberíamos utilizar la
palabra española “analepsis” que, según el diccionario de la Real Academia de
la Lengua Española (RAE) es “pasaje de una obra literaria que trae una escena
del pasado rompiendo la secuencia cronológica”.
Y si ese salto narrativo lo queremos hacer hacia el
futuro, también tenemos otra palabra en español para expresarlo, “prolepsis”
que, según la RAE, es un “pasaje de una obra literaria que anticipa una escena
posterior rompiendo la secuencia cronológica”.
Todos hacemos habitualmente “analepsis” y “prolepsis” y
sin embargo no utilizamos estas hermosas palabras que tenemos en nuestro
idioma. Así que podemos seguir haciendo todas las anacronías que queramos, esto
es, alterar el orden natural de lo que estamos contando, tanto si vamos hacia
atrás en el tiempo “analepsis” como si vamos hacia el futuro “prolepsis”, pero,
por favor, utilicemos nuestro idioma y dejemos el “flashback” para los
angloparlantes.
Como ejemplo de estas anacronías en la narrativa, aquí
dejo este pequeño relato que escribí hace ya muchos años, con un interesante
juego de analepsis y prolepsis:
ROJO SOBRE NEGRO
Miguel camina solo y triste en el atardecer. Sus pasos
titubean y se resienten en su lucha contra el asfalto. Tiene la vista perdida
en esa lejanía que impiden los grandes edificios. Sus ojos, mojados vagamente,
difuminan todas las cosas. A su lado siente pasar ráfagas de viento. De vez en
cuando retumban en sus sienes unos ruidos... una música estúpida y cambiante.
Va cerniéndose la noche en un revoloteo silencioso sobre su cabeza.
-oOo-
Isabel lo miraba con sus tiernos ojos. Sus manos poco a
poco se fueron acercando. Ella dejó sobre la mesa el contacto frío del vaso. La
mano de Miguel seguía acercándose imperceptiblemente. De pronto ambos sintieron
el contacto de una mano ajena. Sin decir nada, mirando simplemente aquellas
manos, fueron estrechándolas cada vez con más fuerza.
-oOo-
Miguel camina lento y fatigoso. Sus pasos se aceleran
cada vez que una persona pasa a su lado. Se diría que huye, pero no; nadie lo
sigue. Acaso sea su sombra que nunca se aparta de su lado. Y ante él todo está
turbio y extraño. No conoce aquella larga avenida, interminable. Se ahoga, está
cansado de andar tanto por ese mismo camino, todo recto, sin final.
-oOo-
- ¿Cómo es que vienes solo? –le preguntó Antonio mientras
le tendía la mano.
- No ha podido venir –dijo Miguel insensiblemente.
No había podido ir, pero “No te preocupes”, le había
respondido Antonio. Efectivamente no tenía que preocuparse, allí estaba
Maribel.
-oOo-
Miguel, sin saber por qué, ha consultado el reloj. Son
las nueve y media de la noche. Sigue caminando. El sol rojizo y tenue apenas es
ya un resplandor en el horizonte.
-oOo-
- ¿No te molesta esta luz? –susurró Maribel.
- Un poco, ¿por qué? –respondió, aún ignorante, Miguel.
Sin hablar, en un instante confuso, se sintió arrastrado
hacia un rincón donde otras parejas ignoraban cuanto estuviese a su alrededor.
Allí no les molestaría ni siquiera aquella tenue luz rojiza. Entonces no hizo
falta que ninguno de los dos comprendiera nada. Una fuerza superior a ellos los
condujo a un mundo incomprensible de caricias.
-oOo-
Miguel está fatigado y siente un frío mortal que invade
su cansado cuerpo. En un instante, aquella avenida se transforma en puente. Él
se asoma apoyándose trémulo en la frágil barandilla. El paisaje de abajo no es
distinto: coches de diversos colores pasan más deprisa que sus reflejos. Él,
torpe, siente de pronto una rebelión en su interior. Su alma quiere volar por
el vacío, lanzarse hacia el abismo y acabar con aquella interminable agonía de
su espíritu; pero las manos –en un instinto primitivo de supervivencia- se
aferran brutalmente a aquella barandilla. En una lucha de fuerzas contra sí
mismo, se suelta al fin y se da la vuelta para correr atravesando la calzada.
Sólo es cuestión de segundos, pero su cuerpo vacila de nuevo... y se detiene.
Una ráfaga se acerca hacia él que intenta –tarde- esquivarla. Se escucha un
golpe seco y el chirriar de los neumáticos sobre el asfalto. Miguel siente un
fuerte dolor en todo el cuerpo mientras aquella ráfaga de luz continúa sin
detenerse hasta perderse al final entre otros coches.
-oOo-
Volvía Miguel, alegre, a su casa; mas cuando ya se
disponía a entrar, su vista se posó bruscamente en un cuerpo de mujer: Isabel.
-¿Qué haces aquí? –acertó a preguntar, titubeante,
Miguel.
Su cerebro, marcado por el alcohol, no acertaba a
reaccionar debidamente. Ella lo miraba fijamente. Se observaba en sus ojos una
maraña extraña de sensaciones. Era amor, era desprecio, era... todo menos
indiferencia o asombro.
Al final comprendió Miguel lo que aquellos ojos le
decían, o mejor dicho, lo intuyó. Se lanzó como loco hacia ella y prorrumpió en
gritos o gemidos: “Yo no he sido ¿comprendes? No hice nada. No tuve la culpa”.
Pero ella permanecía en silencio. Entonces la presión de las manos sobre sus
hombros se hizo más leve... ella se alejó lentamente. Las manos que antes
aprisionaban sus hombros colgaban ahora muertas de sus brazos, y su rostro se
levantaba impotente al verla desaparecer.
-oOo-
Miguel yace tendido en la acera. Respira con dificultad.
Trata de incorporarse y su esfuerzo resulta estéril. Siente un gran dolor en
todo el cuerpo. Su vista se detiene entonces sobre el asfalto negro: está
manchado de sangre. Instintivamente se lleva la mano a la frente y en los dedos
nota el contacto de ese cálido líquido de la vida y de la muerte. Se estremece.
Sacando fuerzas de donde no las tiene, logra al fin reincorporarse. Se pasa el
pañuelo por la frente y este se mancha con el carmín de la muerte.
A duras penas, Miguel camina de regreso por la infinita
avenida. Atrás, aquella pequeña mancha de sangre sobre el asfalto, se va
perdiendo –como todo- en la distancia.
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Uno de mis primeros libros de juventud fue una selección
de relatos cortos en donde mezclé vivencias personales, sueños y anhelos. De
todo ello salió un puzzle del que nunca supe distinguir qué había de realidad,
de sueño o de deseo en cada uno de los relatos. Así comenzaba…
A PUNTO
Esperando. Así se comienza. Esperando el principio. Una
llamada telefónica que ha de mover toda una vida envuelta en la esperanza.
Miguel comenzó la mayor campaña publicitaria de su vida, vendía: a sí mismo; su
trabajo, sus ideas. Hasta entonces había llevado una vida irregular; el fiel de
la balanza no lograba restablecer el equilibrio. Altos y bajos, euforia y
pesimismo; eso era todo. Alguna vez se cansó.
Como siempre conectó el tocadiscos para embalsamar su
espíritu. Como siempre, encendió un cigarrillo para llenar de niebla el
presente; acaso fuese una táctica para escapar más fácilmente hacia su
verdadero mundo, el interior. Como siempre, se sirvió una bebida (ahora sin
alcohol; alguna vez llegó a emborracharse y no quería repetir la experiencia) y
de vez en cuando daba un sorbo y lo paladeaba, le gustaba recrearse en los
pequeños placeres de la vida. Como siempre, se puso a escribir algo, trataba de
conocerse mejor cada día; en realidad su mundo interior era tan amplio que
nunca llegaba a conocerse del todo. Aparte de esto, lo demás no era “como
siempre”.
- “¿Dónde diriges tus pasos, humano?
- Al esfuerzo, al querer y a la batalla.
- ¡Caminas loco!
- Eso dicen, hermano, pero siento dentro del pecho fuego,
fuego y algo que –de sentirlo tú- serías loco, loco, feliz y vivo como yo”.
Miguel recordó, por un momento, aquellas palabras de su
maestro que supieron encauzar toda su potencia creativa a un fin concreto. Y
las repetía, se las sabía de memoria, se sentía identificado con ellas. Estaba
impaciente, quería salir pronto de ese letargo para edificar toda la vida que
había ido construyendo a base de sueños, anhelos y realidades. Atrás, un poco
atrás, iba quedando el puzzle anterior. Estaba saliendo. Quería hacerlo más
deprisa, pero sabía contenerse. La experiencia no siempre es imprescindible,
pero sí es verdad que ayuda mucho. Posiblemente hace un par de años no hubiera
podido esperar ese momento con tanta serenidad. Sin embargo, era esta una
serenidad fingida, social; en su interior trataban de aflorar todas sus fuerzas
y él se contenía. Era su pequeño y primer triunfo sobre la vida. “El coraje se
lleva dentro, la planificación o autocontrol se aprende con los años, y cuando
se logran unir estas dos cosas ya podemos cantar victoria: estamos preparados para
la vida”, pensaba.
En aquél día no tenía cabida en su alma el pesimismo. Se
sentía pletórico y controlado: una mujer que le esperaba. Era real. Todos los
momentos que respiraba eran más reales que nunca. Prácticamente estaba
esperando la llamada que confirmase la culminación de sus anhelos. Y ella...
siempre ella orientando su vida hacia la luz, hacia la fuerza. Se sentía loco,
feliz y vivo.
Se acabó el puzzle cuando nadie lo esperaba, ni siquiera
él mismo. Se encontró con esa sorpresa una mañana. Pero ahora quería recordar
un poco todos esos años turbios en que no llegó a discernir lo real, los
anhelos y los sueños. Eva, Elena, María, Ana, Gunvor, Amparo... sólo nombres,
pero también algo más: una clave a descifrar el por qué de su vida.
Algo hubo de real y algo también de sueños y de anhelos.
Él mismo reconoció un día la potencia de su mente, capaz casi de crear cosas de
la nada. Miguel quería sentirse hombre y acaso fuese así siempre, pero
necesitaba imperiosamente que alguien ajeno se lo confirmase. Por eso lo buscó
más allá del límite de sus fuerzas. Gritaba, reía, lloraba, hacía el amor,
intentaba suicidarse, se emborrachaba, dormía, esperaba; intentaba escapar de
una sociedad mal concebida que no era acorde con sus ideas... y no podía, tenía
que vivir en ella.
“No puedo escapar”, se dijo, y como única puerta de
salida vio su interior: “Aquí no me encontrarán ni podrán hacerme daño”. Así se
vio de nuevo en su claustro materno. Pero había una diferencia: ahora podía
pensar y se daba cuenta de su estrechez y su soledad. “¡No quiero estar solo!”,
gritó. Pero los tejidos y la placenta a la que había retornado, ahogaban sus
gemidos. Estaba empezando a sentir claustrofobia que enturbiaba su hasta
entonces sano razonamiento. Vinieron entonces las alucinaciones que enturbiaron
más aún su mente.
Una extraña infidelidad, fruto de su inexperiencia, hace
que se rompan las ligazones que podían haber marcado su camino. Está a punto de
morir, pero queda a la deriva, borracho, malherido, presa fácil de las alucinaciones,
inmerso en un mundo que no acierta a comprender. Una mujer lo ama y Miguel hace
al amor con ella, traicionando así a su mejor amigo. Una mujer que no lo ama,
flirtea con él mientras le expone una falsa realidad que Miguel acepta. Una
mujer que no lo quiere le engaña con falsas historias; después Miguel lo
discute aun sabiendo que todo aquello es frío y falso, un engaño de los
sentidos. Una mañana se encuentra solo, frío y vacío: tiene la mente en blanco.
Un día recuerda una escena lejana en el tiempo y así lo reconoce: “¡Qué atrás
se ha quedado el tiempo!”. Un día despierta en un paisaje que no conoce, con la
sensación de haber hecho el amor esa noche y, fatigado y sin ganas de pensar,
duerme otra vez junto a ese cuerpo ajeno que no conoce. Un viaje nocturno le
lleva a un país extraño donde se enamora de una camarera mientras su padre vive
otra extraña experiencia...
Durante todo ese tiempo había ido luchando por salir de
aquél claustro materno en el que se había recluido voluntariamente y que ahora
lamentaba. Comenzó a sacar la cabeza y ver la realidad de las cosas; pero aún
tenía dentro la mayor parte de su cuerpo y su limitación de movimientos no le
permitía ver en toda su amplitud la realidad de cuanto le rodeaba. Conoció,
entonces, a otra mujer que le guiaría hacia la luz, que le ayudaría a salir.
Cada parpadeo ante el esfuerzo llevaba a su mente nuevas alucinaciones, pero ya
no se dejaba vencer. Así, poco a poco, también fue sacando algunos miembros. Y
ya finalmente, tras un gran esfuerzo, se vio libre, recién nacido a un mundo
que no había cambiado pero en el que ahora sí podría vivir.
Se puso en pie. Miró hacia atrás. Allí estaba la realidad
de su vida, lo ficticio de sus sueños y la realidad-sueño de sus más fervientes
anhelos. Allí estaba él, un hombre que no había sabido distinguir lo real y lo
falso de su vida, pues todo cuanto le rodeaba era confuso y le obligaba a
seguir, seguir, seguir siempre sobre el límite de sus fuerzas. Pero en el fondo
agradeció aquella lucha donde iría, poco a poco, muriendo lo negativo de su
vida y donde quizás encontrase la salvación de una parte de su ser cuando el
sueño y el anhelo se hiciesen también realidad.
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