martes, 12 de marzo de 2024

Realidad, sueños y anhelos

Uno de mis primeros libros de juventud fue una selección de relatos cortos en donde mezclé vivencias personales, sueños y anhelos. De todo ello salió un puzzle del que nunca supe distinguir qué había de realidad, de sueño o de deseo en cada uno de los relatos. Así comenzaba…
 
A PUNTO
 
Esperando. Así se comienza. Esperando el principio. Una llamada telefónica que ha de mover toda una vida envuelta en la esperanza. Miguel comenzó la mayor campaña publicitaria de su vida, vendía: a sí mismo; su trabajo, sus ideas. Hasta entonces había llevado una vida irregular; el fiel de la balanza no lograba restablecer el equilibrio. Altos y bajos, euforia y pesimismo; eso era todo. Alguna vez se cansó.
 
Como siempre conectó el tocadiscos para embalsamar su espíritu. Como siempre, encendió un cigarrillo para llenar de niebla el presente; acaso fuese una táctica para escapar más fácilmente hacia su verdadero mundo, el interior. Como siempre, se sirvió una bebida (ahora sin alcohol; alguna vez llegó a emborracharse y no quería repetir la experiencia) y de vez en cuando daba un sorbo y lo paladeaba, le gustaba recrearse en los pequeños placeres de la vida. Como siempre, se puso a escribir algo, trataba de conocerse mejor cada día; en realidad su mundo interior era tan amplio que nunca llegaba a conocerse del todo. Aparte de esto, lo demás no era “como siempre”.
 
- “¿Dónde diriges tus pasos, humano?
- Al esfuerzo, al querer y a la batalla.
- ¡Caminas loco!
- Eso dicen, hermano, pero siento dentro del pecho fuego, fuego y algo que –de sentirlo tú- serías loco, loco, feliz y vivo como yo”.
 
Miguel recordó, por un momento, aquellas palabras de su maestro que supieron encauzar toda su potencia creativa a un fin concreto. Y las repetía, se las sabía de memoria, se sentía identificado con ellas. Estaba impaciente, quería salir pronto de ese letargo para edificar toda la vida que había ido construyendo a base de sueños, anhelos y realidades. Atrás, un poco atrás, iba quedando el puzzle anterior. Estaba saliendo. Quería hacerlo más deprisa, pero sabía contenerse. La experiencia no siempre es imprescindible, pero sí es verdad que ayuda mucho. Posiblemente hace un par de años no hubiera podido esperar ese momento con tanta serenidad. Sin embargo, era esta una serenidad fingida, social; en su interior trataban de aflorar todas sus fuerzas y él se contenía. Era su pequeño y primer triunfo sobre la vida. “El coraje se lleva dentro, la planificación o autocontrol se aprende con los años, y cuando se logran unir estas dos cosas ya podemos cantar victoria: estamos preparados para la vida”, pensaba.
 
En aquél día no tenía cabida en su alma el pesimismo. Se sentía pletórico y controlado: una mujer que le esperaba. Era real. Todos los momentos que respiraba eran más reales que nunca. Prácticamente estaba esperando la llamada que confirmase la culminación de sus anhelos. Y ella... siempre ella orientando su vida hacia la luz, hacia la fuerza. Se sentía loco, feliz y vivo.
 
Se acabó el puzzle cuando nadie lo esperaba, ni siquiera él mismo. Se encontró con esa sorpresa una mañana. Pero ahora quería recordar un poco todos esos años turbios en que no llegó a discernir lo real, los anhelos y los sueños. Eva, Elena, María, Ana, Gunvor, Amparo... sólo nombres, pero también algo más: una clave a descifrar el por qué de su vida.
Algo hubo de real y algo también de sueños y de anhelos. Él mismo reconoció un día la potencia de su mente, capaz casi de crear cosas de la nada. Miguel quería sentirse hombre y acaso fuese así siempre, pero necesitaba imperiosamente que alguien ajeno se lo confirmase. Por eso lo buscó más allá del límite de sus fuerzas. Gritaba, reía, lloraba, hacía el amor, intentaba suicidarse, se emborrachaba, dormía, esperaba; intentaba escapar de una sociedad mal concebida que no era acorde con sus ideas... y no podía, tenía que vivir en ella.
 
“No puedo escapar”, se dijo, y como única puerta de salida vio su interior: “Aquí no me encontrarán ni podrán hacerme daño”. Así se vio de nuevo en su claustro materno. Pero había una diferencia: ahora podía pensar y se daba cuenta de su estrechez y su soledad. “¡No quiero estar solo!”, gritó. Pero los tejidos y la placenta a la que había retornado, ahogaban sus gemidos. Estaba empezando a sentir claustrofobia que enturbiaba su hasta entonces sano razonamiento. Vinieron entonces las alucinaciones que enturbiaron más aún su mente.
 
Una extraña infidelidad, fruto de su inexperiencia, hace que se rompan las ligazones que podían haber marcado su camino. Está a punto de morir, pero queda a la deriva, borracho, malherido, presa fácil de las alucinaciones, inmerso en un mundo que no acierta a comprender. Una mujer lo ama y Miguel hace al amor con ella, traicionando así a su mejor amigo. Una mujer que no lo ama, flirtea con él mientras le expone una falsa realidad que Miguel acepta. Una mujer que no lo quiere le engaña con falsas historias; después Miguel lo discute aun sabiendo que todo aquello es frío y falso, un engaño de los sentidos. Una mañana se encuentra solo, frío y vacío: tiene la mente en blanco. Un día recuerda una escena lejana en el tiempo y así lo reconoce: “¡Qué atrás se ha quedado el tiempo!”. Un día despierta en un paisaje que no conoce, con la sensación de haber hecho el amor esa noche y, fatigado y sin ganas de pensar, duerme otra vez junto a ese cuerpo ajeno que no conoce. Un viaje nocturno le lleva a un país extraño donde se enamora de una camarera mientras su padre vive otra extraña experiencia...
 
Durante todo ese tiempo había ido luchando por salir de aquél claustro materno en el que se había recluido voluntariamente y que ahora lamentaba. Comenzó a sacar la cabeza y ver la realidad de las cosas; pero aún tenía dentro la mayor parte de su cuerpo y su limitación de movimientos no le permitía ver en toda su amplitud la realidad de cuanto le rodeaba. Conoció, entonces, a otra mujer que le guiaría hacia la luz, que le ayudaría a salir. Cada parpadeo ante el esfuerzo llevaba a su mente nuevas alucinaciones, pero ya no se dejaba vencer. Así, poco a poco, también fue sacando algunos miembros. Y ya finalmente, tras un gran esfuerzo, se vio libre, recién nacido a un mundo que no había cambiado pero en el que ahora sí podría vivir.
 
Se puso en pie. Miró hacia atrás. Allí estaba la realidad de su vida, lo ficticio de sus sueños y la realidad-sueño de sus más fervientes anhelos. Allí estaba él, un hombre que no había sabido distinguir lo real y lo falso de su vida, pues todo cuanto le rodeaba era confuso y le obligaba a seguir, seguir, seguir siempre sobre el límite de sus fuerzas. Pero en el fondo agradeció aquella lucha donde iría, poco a poco, muriendo lo negativo de su vida y donde quizás encontrase la salvación de una parte de su ser cuando el sueño y el anhelo se hiciesen también realidad.
 

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