viernes, 8 de marzo de 2024

Dulce pájaro de juventud

Parodiando aquella mítica película “Dulce pájaro de juventud”,  basada en la novela de Tennessee Williams e interpretada por Paul Newman, he querido dar este título al siguiente relato de cuya veracidad doy fe. Para empezar y para poneros en situación, os diré que a mí siempre me han gustado los loros, quizás porque de joven tuve uno. Se lo regaló un paciente agradecido a un tío mío que era médico, pero el loro ya apuntaba maneras de parlanchín y como era muy sociable siempre quería estar rodeado de la familia en vez de quedar aislado en una habitación sobre su percha metálica bajo la cual había una plataforma para que cayesen allí sus cacas y cáscaras de pipas. Era de color verde, con algunas plumas amarillas y también algunas de color rojo en su cabeza. Resultaba gracioso verlo moverse de un lado a otro de la percha haciendo gestos como de querer ir hacia ti al tiempo que emitía algunos gritos, sus primeros pinitos como vocalista. Sin embargo daba pena ver cómo estaba atado a la percha por una cadena que le impedía ir más allá de su recinto asignado. Todo aquello no encajaba en esa familia por lo que le preguntaron a mi padre si lo quería y este sin dudarlo dijo que sí.
 
Su llegada a nuestra familia fue todo un acontecimiento. Allí pudo comprobar cómo todos estábamos pendientes de él. Le hablábamos, le dábamos mimos, y nos lo poníamos en el hombro y lo dejábamos caminar por la casa porque no queríamos verlo todo el día encadenado a su percha. Algunas veces, incluso, me lo ponía en el hombro y bajaba a la calle a pasear con él, despertando la admiración de cuantos pasaban a mi lado. El loro fue aprendiendo un amplio vocabulario (loro, lorito real, dame la patita, lorito guapo, jajajaja, ¡coño! ¡hola! ¡diga! Pobre lorito, pobrecito loritito, etc.) y se convirtió en una inestimable herramienta para ligar en los guateques que organizaba en casa. Aunque el loro era muy simpático y sociable, la verdad es que a la hora de elegir prefería la compañía de mujeres, y si eran guapas y jóvenes, mucho mejor. Deduje por eso que era un loro macho… y muy macho. Cuando ellas, engatusadas por sus arrumacos se lo acercaban al pecho y la cabeza del loro quedaba en medio del canalillo, el loro entraba en éxtasis y sus ojos empezaban a hacerle chiribitas mientras emitía un sonido de felicidad equivalente al ronroneo gatuno. Otras veces lo ponía encima de la mesa y le mostraba una gamuza amarilla, entonces él se lanzaba a por ella como si fuese un toro y yo le daba pases taurinos mientras él se partía de risa después de cada lance. También, gracias a él, pude saludar al Dúo Dinámico. Esto sucedió una vez que lo dejé en la barandilla de la terraza (como vivía en un octavo piso, me aseguré de atarle su cadena a dicha barandilla por si acaso) y no presté más atención hasta que al cabo de un rato volví y me dio un vuelco el corazón al no verlo allí. Corrí hasta la barandilla y escuché muchas risas en la terraza de al lado. Me asomé, y allí estaba él, en la mano de la mujer de un famoso locutor de radio; se había convertido en el centro de atención de todos, gente del espectáculo como los cantantes Manolo y Ramón, conocidos como el Dúo Dinámico. Aunque la cadena seguía enganchada en mi barandilla, era lo suficientemente larga como para dejar que se colara en la fiesta de al lado, y allí estaba él en su salsa, riendo y diciendo “lorito real” y esas cosas que encandilaban a la audiencia.
 
Fueron tiempos felices, años de juventud que compartimos mi loro y yo. Sin embargo un día, nunca supimos la causa, apareció muerto. Cuando alguien viejo se muere, se siente pena pero se reconoce que ya era viejo y eso es lo que corresponde al llegar a cierta edad; sin embargo, cuando muere alguien joven, el dolor es mucho mayor porque en teoría le correspondería haber vivido  mucho más. Y este fue el sentimiento que tuve con mi loro… tendría que haber vivido mucho más y haber disfrutado juntos de la vida como en esos pocos pero intensos años que lo tuve.
 
Pasaron los años. Muchos años. Yo estaba en la madurez e intercambiaba toda clase de  objetos (música, sellos, videos, etc.) con un amigo noruego. En una ocasión, este amigo me envió una cinta de video en donde había grabado diversos programas de la televisión de aquél país. Revisando ese video me encontré, de pronto, con un reportaje en donde entrevistaban a la dueña de un loro que era exactamente igual al mío, y ese loro hablaba (aunque en este caso en noruego) y reía (ese sí que es un idioma universal) igual que él. Me enterneció ver aquél reportaje y no pude menos que recordar a mi añorado loro.
 
Después siguieron pasando los años. Muchos años. Un buen día estaba haciendo limpieza y apareció en el fondo de un cajón esa olvidada cinta de video. Me acordé entonces del reportaje del loro y me dispuse a verlo de nuevo. Como la vez anterior me hizo reír y enternecerme… pero caí en la cuenta que entre un visionado y otro habían pasado muchos años. “¿Qué habrá sido de aquél loro? ¿Seguirá vivo?”, me pregunté.
 
Para salir de dudas no había otro camino que escribir a la dueña del loro y preguntárselo directamente. Visioné otra vez el vídeo pero allí solo aparecía en sobreimpresión el nombre de la dueña. Está claro que sólo con el nombre del destinatario no puedes enviar una carta a Noruega ni a ningún otro país. Decidí entonces investigar y me metí en la web de NRK, la televisión noruega. Al menos tenía el nombre del programa y sabía el mes y año en que mi amigo lo había grabado. Con esos datos fui navegando por sus archivos hasta que por fin encontré las referencias de aquél programa, aunque me decepcionó comprobar la poca información que había al respecto, tan sólo pude averiguar el nombre de la región en donde se grabó la entrevista.
 
Me dije que por probar no se perdía nada, así que escribí una carta en cuyo sobre sólo figuraba el nombre del destinatario, el nombre de la región geográfica, y el nombre del país; algo así como si en una carta para España pones “Pepe Pérez, Valle del Jerte, España”. Es difícil que llegue a su destinatario ¿verdad? Dentro le explicaba esta historia y mi curiosidad por saber qué había sido de aquél simpático loro después de tantos años. En espera de su respuesta, si es que alguna vez la carta llegaba a su destino, le indicaba cuál era mi dirección de e-mail, porque los tiempos habían cambiado y con Internet ya todo era inmediato.
 
Para sorpresa y alegría mía, unas semanas después me llegó un e-mail en donde ella certificaba que le había llegado la carta (quedó demostrada la eficiencia de los carteros noruegos… y quizás también el hecho de los pocos habitantes de aquél país). También me contaba su grata sorpresa al recibir tan insólita carta y me informaba que el loro seguía vivo y feliz, viviendo ahora en la cercana ciudad de Tromso en la casa de su hermano, a quien le gustaban mucho los animales y tenía varios pájaros, algún otro loro y hasta un perro que hacía buenas migas con el loro. Supe, por cierto, que en realidad no era un loro… sino una lora. Y ella, que se llamaba Rulle, seguía viviendo feliz, hablando, riendo… y emocionándome como siempre al recordar a mi querido loro, a mi dulce loro de juventud.
 

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