Mostrando entradas con la etiqueta relatos cortos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos cortos. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de marzo de 2024

El ultrasentido

Realidad, sueños, anhelos... Para Miguel la vida era un puzzle compuesto por miles de estas tres piezas y él era incapaz de distinguir cuáles correspondían a un sueño, a un anhelo o a la realidad; era como esas piezas de los puzzles donde solo se ve el color del cielo y por lo tanto no sabes en qué lugar exacto colocarlas.
 
Por las mañanas, nada más levantarse, se ponía a escribir lo que había soñado (¿o era quizás lo que había vivido y lo que ahora empezaba era un sueño?) y algunas veces también lo hacía por la tarde o por la noche. Solía acompañarse de una música melódica que ponía en su tocadiscos y recurría también a veces a un cigarrillo que deleitaba con parsimonia –aun a sabiendas que el tabaco no es bueno para la salud- y un cuba libre o un vodka con limón. Al adormecer así un poco sus sentidos externos, dejaba salir con mayor facilidad sus sentidos internos.
 
Un día, escribió esto...

EL ULTRASENTIDO 

“Niña ¡qué atrás se ha quedado el tiempo! ¿Recuerdas? No, ya no recuerdas nada. Los días vacíos han borrado tus entrañas. Un chalet en las afueras, un suelo verde con baldosas blancas, unos árboles pequeños, una piscina dormida. Es la tarde, y al más leve movimiento, surge el sudor. El aire adormece.
- ¿Te gusta? – te pregunto.
- ...Sí... – respondes tímida y sonríes.
 
Allí sentados, fuera del tiempo, te enseñaba poesía.
- ¿Qué es? – preguntaste.
- Es sentir, es la vida.
- No lo comprendo del todo; esto no tiene metro ni rima.
- ¿La tiene la vida acaso? No, ¿verdad? Por eso mi verso es como la vida: libre, sin reglas, siguiendo un ritmo, escrito al impulso de mis venas. ¿Lo ves ahora un poco mejor?
- Un poco.
- Esto es más que un papel con signos. Es profundo y hondo, con un relieve palpable al ultrasentido. Tócalo.
Así tu mano, por primera vez, rozó con temor e intriga esos signos. Te estremeciste un poco.
- Esto vibra – dijiste trémula.
- Es que quiere sentir tus dedos y decirte muchas cosas.
Y tu mano siguió el camino y, a veces, rozó la mía.
- Ha despertado tu ultrasentido –te dije.
 
Entusiasmada, como estabas, no detuviste tu camino. Me alegraba verte así, dominados tus instintos. Estabas abierta, tus músculos habían sido dormidos por tu mente. Quizás en aquellos instantes no funcionaba el reloj. El “¡Párate, oh, Sol!” de antaño lo habíamos logrado sin saberlo.
- Es maravilloso sentir algo que no vemos. Palpar ideas y sentirlas en toda su plenitud. Has logrado algo grande –me dijiste.
- Me alegran tus palabras, pero aún más el que las sientas. Todo ha de ser así, como tú has dicho: Palpar los sentimientos. ¿Comprendes ahora el por qué de estos versos? ¿Comprendes ahora su balanceo?
- Sí, lo siento – me respondiste.
 
La tarde, con su lenta monotonía, fue desgranándose y difuminando de rojo el cielo. Una voz te llamó y te perdiste. ¿No recuerdas aquella tarde? ¿Por qué no vuelves? ¿Acaso volvió a dormirse, ausente de mis manos, el ultrasentido que en una tarde perdida hice renacer? ¿Dónde se ha dormido tu esperanza? ¿Dónde se olvidaron tus recuerdos?
 
Niña, ¡qué atrás se ha quedado el tiempo!”.


Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.


sábado, 16 de marzo de 2024

El hombre de las sombras

La bloguera Neus B.G. escribió un relato (la primera parte que ofrezco a continuación) y me pidió que lo continuase (la segunda parte). Así puedes ver cómo dos escritores que no se conocen son capaces de construir historias como si de un único escritor se tratase…
 
Primera parte (Neus BG): EL HOMBRE DE LAS SOMBRAS
 
Una taza humeante de café que descansaba olvidada encima de la pequeña mesa contigua, desprendía un aroma embriagador, su humo danzaba hacia el techo hasta desvanecerse antes de llegar a él como si nunca hubiera existido. Sentado junto a la ventana, observó por un instante el cristal sin poder distinguir apenas las borrosas siluetas de los transeúntes que corrían por el callejón acurrucados,  para protegerse de la lluvia y el frío. La lluvia de aquella tarde, como si de un artista inspirado se tratase, había pintado en el cristal formas abstractas, compuestas por miles de finas líneas y gotas haciendo casi imposible adivinar que había al otro lado. Como cada invierno, los “expertos” del lugar afirmaban rotundamente que ese estaba siendo el invierno más frío de las últimas décadas, pero a él apenas le importaba. La camarera se le acercó tímidamente, casi con miedo. Él sabía perfectamente que su aspecto no era lo que se solía esperar de un hombre de su edad, una larga gabardina que siempre llevaba con el cuello levantado y un sombrero que había encontrado perdido en la calle años atrás, ocultaban su viejo y arrugado rostro. Su mirada se perdió de nuevo, tras el grueso libro que siempre lo acompañaba, y con el que intentaba evadirse del mundo que le rodeaba, un mundo que no lo entendía ni pretendía que lo hicieran.
 
Levantó la mirada y la camarera seguía allí, con voz temblorosa le informó que ya era hora de cerrar, y al mirar a su alrededor descubrió que era el único cliente que quedaba en la cafetería. Con un gesto caballeroso se quitó levemente el sombrero como señal de disculpa, dejando por un momento a la vista sus desenmarañados rizos, de los que apenas quedaba el recuerdo esa hermosa cabellera que en su día había sido la envidia, de todos sus amigos. Con poca facilidad se levantó y casi arrastrando su viejo cuerpo se adentró por los callejones del centro de la ciudad.
 
La oscuridad y la tranquilidad de la noche prácticamente se habían adueñado de las calles de la ciudad. Los pocos ciudadanos que quedaban, se dirigían a sus tranquilos y apacibles hogares para apurar los últimos minutos del día con sus seres queridos, antes de caer en el más profundo de los sueños. Y él, un hombre perdido en entre las sombras de la noche, deambulaba por la ciudad sin rumbo concreto. Las farolas desprendían una luz tenue y alargaban las sombras de los árboles de un modo casi espectral, sin pensarlo demasiado y guiado por su inconsciente, se  adentró en un parque. Ya hacía rato que había dejado de llover, pero el aroma de la tierra mojada aún reinaba en el ambiente, los pequeños riachuelos seguían danzando entre los árboles y la tierra se hundía bajo sus pies a cada uno de sus pasos.
 
Las noches tenían una esencia especial, casi mágica. Con ella llegaba una tranquilidad y una calma que durante el día eran casi imposibles de encontrar. Al llegar a un pequeño claro se arrodilló en la tierra y se recostó boca arriba sobre la tierra aún mojada, para admirar la grandeza del universo. Le gustaba contar estrellas, esas pequeñas motitas de luz que adornaban el negro cielo. Parecía casi imposible pensar que quizás, algunas de aquellas estrellas que él estaba viendo, ya hacía mucho tiempo que habían dejado de existir. Pero que sin embargo se encontraban tan lejos, que aún nos estaba llegando su luz.
 
Una sonrisa triste iluminó su rostro al pensar en lo que le contaba su padre cuando era niño, que como las estrellas, en la vida, las personas, mientras quede alguien  que nos recuerde y nuestra luz siga brillando en sus corazones y sus recuerdos, realmente nunca llegaremos a morir. Y estaba seguro que su padre no se equivocaba, pues mientras la luz de su padre siguiera brillando en su corazón ese padre tan maravilloso jamás llegaría a morir.
 
-oOo-
 
Segunda parte (Vicente Fisac): SOMBRA SOBRE EL ASFALTO
 
Allí seguía, tumbado en el parque, sobre la tierra aún húmeda por la reciente lluvia, sin importarle que su gabardina se manchara de barro y con la vista y el pensamiento perdidos en las estrellas que cada vez ocupaban más espacio en el cielo conforme las nubes se alejaban. Ya habían pasado muchos años y ahora él era tan viejo como ese padre al que recordaba con cariño. Se tocó el rostro y se cercioró de los surcos que la edad le había dejado como cicatrices del paso de los años. Se llevó la mano a la cabeza y comprobó cómo de su antigua hermosa y tupida cabellera sólo quedaban ahora unos pequeños recuerdos. Miró de nuevo al cielo y en el silencio de la noche fue capaz de escuchar los latidos de su propio corazón: le decían que él estaba vivo, que su alma era joven e inmadura, que él seguía siendo un niño por mucho que su cuerpo hubiera envejecido... mas no había allí nadie que le confirmaran lo que había de cierto o errado en sus pensamientos.
 
Se levantó lentamente y regresó a su casa. La lluvia era pasado pero el suelo encharcado le recordaba que todo lo que había sentido y vivido aquella tarde era real. Pasó de nuevo por la cafetería que ya estaba cerrada y creyó ver en el cristal del escaparate el reflejo tímido y amable de la camarera que le había atendido... pero solo fue el reflejo de alguien que pasó a su lado.
 
Se detuvo a la luz de una farola y sin poder reprimirlo sacó de su bolsillo un sobre alargado y extrajo el papel que había en su interior. Lo leyó aunque ya se lo sabía de memoria y no entendía ni la mitad de las cosas que allí ponía, aunque sí la conclusión final: ya estaba cerca de su final, así lo reflejaban los análisis médicos.
 
Sintió que todo le daba igual. ¿Para qué? ¡Si no tenía a nadie! Estaba solo. Su mujer había muerto hacía ya unos cuantos años y no tenía ningún familiar cercano, al menos ninguno que estuviese próximo a su corazón. ¿A quién le iba a importar que muriera? Nadie lo iba a extrañar. Nadie lo echaría de menos. Nadie lo recordaría.
 
Guardó el papel en el sobre y siguió caminando hacia su casa. Al llegar al portal sacó las llaves mientras su imagen se reflejaba ahora en el cristal de la puerta. Se veía allí, con su larga gabardina que, entre el cuello subido y el sombrero inclinado hacia delante apenas dejaba vislumbrar su rostro. Pero entonces sintió algo que le hizo estremecer: ¡Esa imagen que acababa de contemplar en el cristal de su portal le resultaba extrañamente familiar! Era algo así como verse a sí mismo desde el exterior, como un espectador de sí mismo. Pero tampoco era eso. Algo se encendió en su interior y le hizo retroceder unos pasos. Junto al portal de su casa había una librería en la que solía abastecerse de lectura. Se acercó a su escaparate y miró con detenimiento los libros que se exponían para la venta. Y entonces surgió la sorpresa: allí había un libro que se titulaba “El hombre de las sombras”, de una tal Neus B.G. ¡Pero la fotografía que aparecía en la portada, la figura de un hombre con una larga gabardina con el cuello subido y un sombrero tapándole el rostro, mientras caminaba bajo la lluvia, eran él mismo, eran él mismo aquella misma noche!!!
 
Fue entonces cuando sintió que ya no estaría sólo, que cuando se hubiese ido de este mundo, habría muchas personas que le recordarían y mantendrían viva su memoria: todos los lectores de aquél libro.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.

viernes, 15 de marzo de 2024

La vida en un cuadro

El encuentro en Internet con una amiga de juventud, Raquel Godoy, y el descubrimiento de su faceta como excelente pintora, me trajo la inspiración para este relato corto…
 
EL MUNDO VOLVIÓ A GIRAR DE NUEVO
 
Aquél fue un verano fantástico y eso que los días pasaron tan deprisa que se quedó corto para tantos planes como tenía. Tenía planes... pero no te tenía a ti, aún no te había conocido. Pero surgió de pronto la oportunidad de conocernos, el encuentro en aquella fiesta junto a la playa a la luz de la luna. Después, la luz del sol nos descubrió que todo cuanto habíamos soñado la noche anterior era más hermoso aún, y tus ojos desprendían una luz que me dejaba pegado a ti como una polilla junto a un farol nocturno.
 
A medida que nos fuimos conociendo descubrimos que la atracción inicial que sentimos se hacía más fuerte cada día. Pero llegó el final y debimos separarnos. ¡Qué tristeza aquella tarde!... Te acompañé a la pequeña estación de ferrocarril del pueblo y miramos nuestros ojos en silencio. Tenías que subir al tren y tu mano soltó la mía. Las luces de la estación brillaban ahora más en tus ojos y te ofrecí un pañuelo con la inicial de mi nombre grabada en azul en un extremo. Lo tomaste con cuidado y subiste con él al vagón, y ya dentro, desde la ventanilla, me diste el último adiós y me enviaste tu último beso.
 
¿Qué pasó después? ¿Hubo cartas? ¿Alguna llamada? Bueno, creo que sí, que una vez te llamé y estabas ocupada o algo así me dijeron. La decepción anegó mi deseo. No insistí más. No eran, como ahora, los años de los móviles, de Internet, de WhatsApp... eran tiempos más románticos de pedir conferencias a la tele operadora y esperar muchos minutos a que se estableciera la llamada, eran tiempos de cartas escritas en papel en un sobre y con un sello, eran tiempos del pasado, ese lugar que almacena los recuerdos.
 
Después pasaron muchos años, pasaron muchas risas y también algunos duelos. Y por pasar, pasé un buen día por el centro de la ciudad y las luces de un local me atrajeron. Eran cuadros, de paisajes, de momentos, del color de los recuerdos. Sin nada más que hacer entré en la galería y disfruté del colorido intenso, de la perspectiva, de los trazos sueltos, de paisajes y ciudades, y... de pronto, el silencio y un tam tam que golpeó mi pecho. Mis ojos se posaron en un cuadro y el corazón bombeó sangre a presión por todo el cuerpo. Era la despedida de dos amantes, ella en el tren, él abajo un poquito más lejos. Tras el cristal de la ventanilla del vagón ella sostenía en alto un pañuelo, pero no era un pañuelo cualquiera, era... el que yo te entregué aquél día. ¡Podía verse mi inicial grabada en azul en un extremo! ¡Eras tú! ¡Era yo! ¡Éramos tú y yo en aquél mágico momento!
 
Me acerqué a una mesa para pedir información sobre el pintor capaz de recrear con tal precisión aquél instante inolvidable que se grabó tan dentro. Una mujer que estaba allí, rodeada de programas y proyectos, se giró y me miró intrigada. “¿Quién es este pintor? Me gustaría contactar con él”, le pregunté. “Soy yo”, respondió ella.
 
¡No podía ser verdad! ¡Era ella, convertida en pintora de éxito! ¡Y allí estaba yo, jubilado disfrutando de mi tiempo! Nos quedamos en silencio. Nos miramos a los ojos y en el fondo de las pupilas se descorrió el tiempo. Unas lágrimas asomaron tímidamente a nuestros ojos... Entonces ella sacó un pañuelo. “Es tuyo”, me dijo. Y el mundo volvió a girar de nuevo.
 
Texto: Vicente Fisac
Ilustración: Cuadro de la pintora Raquel Godoy
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.

jueves, 14 de marzo de 2024

Ausente de mi sueño

No siempre podemos soñar con lo que queremos, o con la persona a quien queremos. Por muy grande que sea nuestro amor, el sueño no obedece nuestros deseos, tal como sucede en este breve relato…
 
HOY NO HE SOÑADO CONTIGO
 
Las noches eran para Miguel su auténtica libertad, la posibilidad de escapar a un mundo de libertad aunque no siempre lo fuese también de felicidad. Pero sabía que todo era efímero, que apenas rozado el cuerpo con las sábanas al despertar, aquellas vivencias del sueño se desvanecían como por arte de magia. Por eso había tomado la decisión de escribir -nada más levantarse- todo lo que fuese capaz de recordar sobre sus sueños. El primer día apenas si escribió unos renglones, le costaba recordar lo que había soñado aun cuando aún estuviese con el pijama puesto, sentado en la mesa y sin haber hecho otra cosa que sentarse a recordar y escribir. Sin embargo, no se rindió, siguió intentándolo día a día y pronto descubrió que unas nuevas puertas se abrían ante él: el mundo de los sueños le daba la bienvenida.
 
Cada día, al despertar, lo primero que hacía era ponerse a escribir cuanto recordaba de sus sueños y esta práctica le hizo ganar en maestría; comprobó cómo cada vez era capaz de recordar con más detalle todas las vivencias de esa otra vida que había llevado durante la noche. Descubrió también que los sueños estaban construidos mediante una amalgama en donde se mezclaban hechos reales, pensamientos y deseos, pero mezclados de tal forma que no era posible distinguir qué había de realidad, de sueño y de anhelo en cada uno de los detalles.
 
Hubo un día que fue distinto. Se sentó a escribir y sólo pudo transcribir esto:
 
“Hoy no he soñado contigo.
Perdóname, no debió ser así.
Y lo siento más que tú, pues ha sido una noche en la que mi espíritu ha muerto: no estabas para hacerlo renacer.
Oscuridad, silencio, vacío que ahogaba mis incipientes deseos. Dormido, todo estaba dormido.
 
No sé si lograrás comprenderme; siempre me fue difícil amoldarme a tu cuerpo, aunque tu espíritu latiese en mis entrañas.
Sí, tal vez porque me has mantenido distante te he deseado todos los días y te he olvidado por las noches.
En el fondo me alegro, has permanecido intacta a todos mis pensamientos.
 
No han existido las obras, todo ha sido distancia. ¿Dónde estabas cuando mi cuerpo te llamaba? No; será que mi cuerpo nunca te ha buscado, sólo lo ha hecho mi alma.
Y mi alma ha sido impotente al no tener hechos tangibles en que apoyarse.
No te lo reprocho, al contrario; me alegro. Pero se va acercando el tiempo y mis manos no te han visto renacer.
Atrás queda un encuentro lejano, perdido en la nostalgia de un día triste.
¿Qué hemos hecho en este tiempo?
Nada sé; es la ausencia.
 
Necesito protección, necesito amparo”.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.

miércoles, 13 de marzo de 2024

Analepsis y prolepsis

En vez de decir “flashback” deberíamos utilizar la palabra española “analepsis” que, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) es “pasaje de una obra literaria que trae una escena del pasado rompiendo la secuencia cronológica”.
 
Y si ese salto narrativo lo queremos hacer hacia el futuro, también tenemos otra palabra en español para expresarlo, “prolepsis” que, según la RAE, es un “pasaje de una obra literaria que anticipa una escena posterior rompiendo la secuencia cronológica”.
 
Todos hacemos habitualmente “analepsis” y “prolepsis” y sin embargo no utilizamos estas hermosas palabras que tenemos en nuestro idioma. Así que podemos seguir haciendo todas las anacronías que queramos, esto es, alterar el orden natural de lo que estamos contando, tanto si vamos hacia atrás en el tiempo “analepsis” como si vamos hacia el futuro “prolepsis”, pero, por favor, utilicemos nuestro idioma y dejemos el “flashback” para los angloparlantes.
 
Como ejemplo de estas anacronías en la narrativa, aquí dejo este pequeño relato que escribí hace ya muchos años, con un interesante juego de analepsis y prolepsis:
 
ROJO SOBRE NEGRO
 
Miguel camina solo y triste en el atardecer. Sus pasos titubean y se resienten en su lucha contra el asfalto. Tiene la vista perdida en esa lejanía que impiden los grandes edificios. Sus ojos, mojados vagamente, difuminan todas las cosas. A su lado siente pasar ráfagas de viento. De vez en cuando retumban en sus sienes unos ruidos... una música estúpida y cambiante. Va cerniéndose la noche en un revoloteo silencioso sobre su cabeza.
 
-oOo-
 
Isabel lo miraba con sus tiernos ojos. Sus manos poco a poco se fueron acercando. Ella dejó sobre la mesa el contacto frío del vaso. La mano de Miguel seguía acercándose imperceptiblemente. De pronto ambos sintieron el contacto de una mano ajena. Sin decir nada, mirando simplemente aquellas manos, fueron estrechándolas cada vez con más fuerza.
 
-oOo-
 
Miguel camina lento y fatigoso. Sus pasos se aceleran cada vez que una persona pasa a su lado. Se diría que huye, pero no; nadie lo sigue. Acaso sea su sombra que nunca se aparta de su lado. Y ante él todo está turbio y extraño. No conoce aquella larga avenida, interminable. Se ahoga, está cansado de andar tanto por ese mismo camino, todo recto, sin final.
 
-oOo-
 
- ¿Cómo es que vienes solo? –le preguntó Antonio mientras le tendía la mano.
- No ha podido venir –dijo Miguel insensiblemente.
No había podido ir, pero “No te preocupes”, le había respondido Antonio. Efectivamente no tenía que preocuparse, allí estaba Maribel.
 
-oOo-
 
Miguel, sin saber por qué, ha consultado el reloj. Son las nueve y media de la noche. Sigue caminando. El sol rojizo y tenue apenas es ya un resplandor en el horizonte.
 
-oOo-
 
- ¿No te molesta esta luz? –susurró Maribel.
- Un poco, ¿por qué? –respondió, aún ignorante, Miguel.
Sin hablar, en un instante confuso, se sintió arrastrado hacia un rincón donde otras parejas ignoraban cuanto estuviese a su alrededor. Allí no les molestaría ni siquiera aquella tenue luz rojiza. Entonces no hizo falta que ninguno de los dos comprendiera nada. Una fuerza superior a ellos los condujo a un mundo incomprensible de caricias.
 
-oOo-
 
Miguel está fatigado y siente un frío mortal que invade su cansado cuerpo. En un instante, aquella avenida se transforma en puente. Él se asoma apoyándose trémulo en la frágil barandilla. El paisaje de abajo no es distinto: coches de diversos colores pasan más deprisa que sus reflejos. Él, torpe, siente de pronto una rebelión en su interior. Su alma quiere volar por el vacío, lanzarse hacia el abismo y acabar con aquella interminable agonía de su espíritu; pero las manos –en un instinto primitivo de supervivencia- se aferran brutalmente a aquella barandilla. En una lucha de fuerzas contra sí mismo, se suelta al fin y se da la vuelta para correr atravesando la calzada. Sólo es cuestión de segundos, pero su cuerpo vacila de nuevo... y se detiene. Una ráfaga se acerca hacia él que intenta –tarde- esquivarla. Se escucha un golpe seco y el chirriar de los neumáticos sobre el asfalto. Miguel siente un fuerte dolor en todo el cuerpo mientras aquella ráfaga de luz continúa sin detenerse hasta perderse al final entre otros coches.
 
-oOo-
 
Volvía Miguel, alegre, a su casa; mas cuando ya se disponía a entrar, su vista se posó bruscamente en un cuerpo de mujer: Isabel.
-¿Qué haces aquí? –acertó a preguntar, titubeante, Miguel.
Su cerebro, marcado por el alcohol, no acertaba a reaccionar debidamente. Ella lo miraba fijamente. Se observaba en sus ojos una maraña extraña de sensaciones. Era amor, era desprecio, era... todo menos indiferencia o asombro.
Al final comprendió Miguel lo que aquellos ojos le decían, o mejor dicho, lo intuyó. Se lanzó como loco hacia ella y prorrumpió en gritos o gemidos: “Yo no he sido ¿comprendes? No hice nada. No tuve la culpa”. Pero ella permanecía en silencio. Entonces la presión de las manos sobre sus hombros se hizo más leve... ella se alejó lentamente. Las manos que antes aprisionaban sus hombros colgaban ahora muertas de sus brazos, y su rostro se levantaba impotente al verla desaparecer.
 
-oOo-
 
Miguel yace tendido en la acera. Respira con dificultad. Trata de incorporarse y su esfuerzo resulta estéril. Siente un gran dolor en todo el cuerpo. Su vista se detiene entonces sobre el asfalto negro: está manchado de sangre. Instintivamente se lleva la mano a la frente y en los dedos nota el contacto de ese cálido líquido de la vida y de la muerte. Se estremece. Sacando fuerzas de donde no las tiene, logra al fin reincorporarse. Se pasa el pañuelo por la frente y este se mancha con el carmín de la muerte.
A duras penas, Miguel camina de regreso por la infinita avenida. Atrás, aquella pequeña mancha de sangre sobre el asfalto, se va perdiendo –como todo- en la distancia.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.

martes, 12 de marzo de 2024

Realidad, sueños y anhelos

Uno de mis primeros libros de juventud fue una selección de relatos cortos en donde mezclé vivencias personales, sueños y anhelos. De todo ello salió un puzzle del que nunca supe distinguir qué había de realidad, de sueño o de deseo en cada uno de los relatos. Así comenzaba…
 
A PUNTO
 
Esperando. Así se comienza. Esperando el principio. Una llamada telefónica que ha de mover toda una vida envuelta en la esperanza. Miguel comenzó la mayor campaña publicitaria de su vida, vendía: a sí mismo; su trabajo, sus ideas. Hasta entonces había llevado una vida irregular; el fiel de la balanza no lograba restablecer el equilibrio. Altos y bajos, euforia y pesimismo; eso era todo. Alguna vez se cansó.
 
Como siempre conectó el tocadiscos para embalsamar su espíritu. Como siempre, encendió un cigarrillo para llenar de niebla el presente; acaso fuese una táctica para escapar más fácilmente hacia su verdadero mundo, el interior. Como siempre, se sirvió una bebida (ahora sin alcohol; alguna vez llegó a emborracharse y no quería repetir la experiencia) y de vez en cuando daba un sorbo y lo paladeaba, le gustaba recrearse en los pequeños placeres de la vida. Como siempre, se puso a escribir algo, trataba de conocerse mejor cada día; en realidad su mundo interior era tan amplio que nunca llegaba a conocerse del todo. Aparte de esto, lo demás no era “como siempre”.
 
- “¿Dónde diriges tus pasos, humano?
- Al esfuerzo, al querer y a la batalla.
- ¡Caminas loco!
- Eso dicen, hermano, pero siento dentro del pecho fuego, fuego y algo que –de sentirlo tú- serías loco, loco, feliz y vivo como yo”.
 
Miguel recordó, por un momento, aquellas palabras de su maestro que supieron encauzar toda su potencia creativa a un fin concreto. Y las repetía, se las sabía de memoria, se sentía identificado con ellas. Estaba impaciente, quería salir pronto de ese letargo para edificar toda la vida que había ido construyendo a base de sueños, anhelos y realidades. Atrás, un poco atrás, iba quedando el puzzle anterior. Estaba saliendo. Quería hacerlo más deprisa, pero sabía contenerse. La experiencia no siempre es imprescindible, pero sí es verdad que ayuda mucho. Posiblemente hace un par de años no hubiera podido esperar ese momento con tanta serenidad. Sin embargo, era esta una serenidad fingida, social; en su interior trataban de aflorar todas sus fuerzas y él se contenía. Era su pequeño y primer triunfo sobre la vida. “El coraje se lleva dentro, la planificación o autocontrol se aprende con los años, y cuando se logran unir estas dos cosas ya podemos cantar victoria: estamos preparados para la vida”, pensaba.
 
En aquél día no tenía cabida en su alma el pesimismo. Se sentía pletórico y controlado: una mujer que le esperaba. Era real. Todos los momentos que respiraba eran más reales que nunca. Prácticamente estaba esperando la llamada que confirmase la culminación de sus anhelos. Y ella... siempre ella orientando su vida hacia la luz, hacia la fuerza. Se sentía loco, feliz y vivo.
 
Se acabó el puzzle cuando nadie lo esperaba, ni siquiera él mismo. Se encontró con esa sorpresa una mañana. Pero ahora quería recordar un poco todos esos años turbios en que no llegó a discernir lo real, los anhelos y los sueños. Eva, Elena, María, Ana, Gunvor, Amparo... sólo nombres, pero también algo más: una clave a descifrar el por qué de su vida.
Algo hubo de real y algo también de sueños y de anhelos. Él mismo reconoció un día la potencia de su mente, capaz casi de crear cosas de la nada. Miguel quería sentirse hombre y acaso fuese así siempre, pero necesitaba imperiosamente que alguien ajeno se lo confirmase. Por eso lo buscó más allá del límite de sus fuerzas. Gritaba, reía, lloraba, hacía el amor, intentaba suicidarse, se emborrachaba, dormía, esperaba; intentaba escapar de una sociedad mal concebida que no era acorde con sus ideas... y no podía, tenía que vivir en ella.
 
“No puedo escapar”, se dijo, y como única puerta de salida vio su interior: “Aquí no me encontrarán ni podrán hacerme daño”. Así se vio de nuevo en su claustro materno. Pero había una diferencia: ahora podía pensar y se daba cuenta de su estrechez y su soledad. “¡No quiero estar solo!”, gritó. Pero los tejidos y la placenta a la que había retornado, ahogaban sus gemidos. Estaba empezando a sentir claustrofobia que enturbiaba su hasta entonces sano razonamiento. Vinieron entonces las alucinaciones que enturbiaron más aún su mente.
 
Una extraña infidelidad, fruto de su inexperiencia, hace que se rompan las ligazones que podían haber marcado su camino. Está a punto de morir, pero queda a la deriva, borracho, malherido, presa fácil de las alucinaciones, inmerso en un mundo que no acierta a comprender. Una mujer lo ama y Miguel hace al amor con ella, traicionando así a su mejor amigo. Una mujer que no lo ama, flirtea con él mientras le expone una falsa realidad que Miguel acepta. Una mujer que no lo quiere le engaña con falsas historias; después Miguel lo discute aun sabiendo que todo aquello es frío y falso, un engaño de los sentidos. Una mañana se encuentra solo, frío y vacío: tiene la mente en blanco. Un día recuerda una escena lejana en el tiempo y así lo reconoce: “¡Qué atrás se ha quedado el tiempo!”. Un día despierta en un paisaje que no conoce, con la sensación de haber hecho el amor esa noche y, fatigado y sin ganas de pensar, duerme otra vez junto a ese cuerpo ajeno que no conoce. Un viaje nocturno le lleva a un país extraño donde se enamora de una camarera mientras su padre vive otra extraña experiencia...
 
Durante todo ese tiempo había ido luchando por salir de aquél claustro materno en el que se había recluido voluntariamente y que ahora lamentaba. Comenzó a sacar la cabeza y ver la realidad de las cosas; pero aún tenía dentro la mayor parte de su cuerpo y su limitación de movimientos no le permitía ver en toda su amplitud la realidad de cuanto le rodeaba. Conoció, entonces, a otra mujer que le guiaría hacia la luz, que le ayudaría a salir. Cada parpadeo ante el esfuerzo llevaba a su mente nuevas alucinaciones, pero ya no se dejaba vencer. Así, poco a poco, también fue sacando algunos miembros. Y ya finalmente, tras un gran esfuerzo, se vio libre, recién nacido a un mundo que no había cambiado pero en el que ahora sí podría vivir.
 
Se puso en pie. Miró hacia atrás. Allí estaba la realidad de su vida, lo ficticio de sus sueños y la realidad-sueño de sus más fervientes anhelos. Allí estaba él, un hombre que no había sabido distinguir lo real y lo falso de su vida, pues todo cuanto le rodeaba era confuso y le obligaba a seguir, seguir, seguir siempre sobre el límite de sus fuerzas. Pero en el fondo agradeció aquella lucha donde iría, poco a poco, muriendo lo negativo de su vida y donde quizás encontrase la salvación de una parte de su ser cuando el sueño y el anhelo se hiciesen también realidad.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.
 

lunes, 11 de marzo de 2024

Las rodillas también hablan

Hay quien habla por los codos, pero también hay otras partes del cuerpo que hablan por sí mismas. En este caso, el relato corto de hoy, fueron las rodillas de Marisa las que hablaron…
 
ME LO HAN DICHO TUS RODILLAS
 
Marisa estaba sentada en un sofá vacío. Frente a ella una mesa con bebidas. Tenue la música como fondo que incita al descanso, una tibia luz roja y difusa bañando los cuerpos, un aire tal vez enrarecido por el humo de los cigarrillos pero no por eso carente de un perfume de fiesta. Todo era limpio, fresco, aun cuando pudiera parecer lo contrario a quien penetrase en este espacio por primera vez.
 
Una sombra, un cuerpo, Miguel se acercó a la mesa. Miraron por un instante sus ojos y relucieron de alegría. Después tomó asiento junto a ella. Al principio, contraídos los músculos por la alegría del encuentro, no acertaron a pronunciar palabra. Miraban fijamente sus ojos viéndose en ellos como antaño. Continuaban inmóviles. En sus cerebros trabajaban afanosamente las células de la memoria tratando de reconstruir quizás el último encuentro. ¿Cuánto tiempo hacía de aquello? ¿Qué había sido de ellos en esos meses de ausencia? ¿Cómo se había producido aquél inusitado reencuentro? ¿Cuánto? ¿Qué? ¿Cómo? Impulsados por estos interrogantes y serenados ya un poco, lograron por fin hablar.
- ¿Qué tal estás? –dijo Miguel, viendo en la amplia sonrisa de Marisa su respuesta- No sabes cómo me alegra volver a encontrarte. Tenía tantas ganas de verte...
- También a mí me llena de alegría volver a verte. He pensado mucho en ti –respondió Marisa.
Al fin sintieron en sus oídos aquellas voces ajenas que sonaban como algo propio. Tenían, tal vez, un sabor a recuerdo.
Miguel deslizó su brazo sobre el hombro de Marisa y así, unidos, continuaron hablando. Al mismo tiempo, recorrían con la mirada sus cuerpos, redescubriendo aquellos matices, aquellos recuerdos pertenecientes al pasado, que ahora volvían a leer.
- Me sentía muy solo sin ti. Te he necesitado mucho. Me diste la mejor parte de todos mis recuerdos –dijo Miguel.
- Recuerdos –meditaba Marisa- ¿Te acuerdas de todo?... Aquellos momentos que me enseñaste a vivir... No sé cómo explicarte todas las sensaciones que se acumulan en mi interior.
- Has representado mucho en mi vida, quizás demasiado para tan poco tiempo. ¿Qué pasó después? ¿Recuerdas todas nuestras tardes, aquellas que pasamos en un ambiente como este? Antaño éramos los reyes, los dueños; hoy, sin embargo, somos tan solo una pieza más del engranaje –dijo Miguel, revelando sus más íntimos pensamientos.
 
Ya estaba hecha la presentación. Ya estaba rota aquella capa de escarcha que separaba el hoy de los recuerdos. Miguel cogió la mano de Marisa y la acarició. Sintió desvanecerse sus dedos al contacto con aquella piel en la que un día resucitó su espíritu. Tiró lentamente de ella y pronto estuvieron bailando en el mismo mundo de antaño. ¡Qué lejos sentía volar sus sentimientos! Respiraba una felicidad que se había expandido a su alrededor borrando cualquier otro signo que no fueran ellos mismos. Estaba allí solos los dos, de nuevo. Sus pies se deslizaron parejos, libres de toda opresión contra el suelo. Sus corazones latían al unísono, como pertenecientes a un mismo cuerpo. Sus mejillas, calientes de espíritu, se abrigaban con sus cabellos. Deseaban más que nada sentirse unidos, sentirse enteros.
 
Después de unos instantes no medibles, regresaron al presente. Continuaban mirándose, como tratando de descubrir algo que flotaba en el ambiente y no acertaban a comprender qué podía ser. Pero lo notaban; efectivamente existía algo, y ese algo era la razón de aquél inesperado encuentro.
 
De pronto, la vista de Miguel se posó en las rodillas de Marisa. Las miró unos instantes y como si estuviese leyendo en ellas, se estremeció.
- Me lo han dicho tus rodillas –susurró al oído de Marisa.
Ella, instintivamente, se las miró también y no acertaba a comprender.
- ¿Cómo las ves? –interrogó a Miguel.
- Están llenas, radiantes, ágiles... pero están inquietas.
- ¿A qué te refieres? –trató de concretar Marisa, que ya comenzaba a entrever el misterio de aquella tarde fuera del tiempo.
Miguel meditaba. Miró otra vez las rodillas de Marisa y después sus ojos.
- Cada una de las células de nuestro cuerpo siente al unísono con él. Si es así ¿qué no van a expresar estas rodillas que me gritan a su manera? Míralas, están como la última vez que las vi, como yo las quería. Como ves, son tus rodillas... que ya no son mías –dijo, al fin, quedando abatido.
- No digas eso, estas son “tus” rodillas, las que tú quieres. Son tuyas y son para ti –respondió Marisa, apresuradamente, aunque al fin había comprendido todo.
- Mira ahora tus ojos, reflejados en los míos, y dime si no es verdad esta distancia que respiro. Pero ¿qué es lo que te ha impulsado a venir aquí esta tarde? ¿Qué soy para ti? –preguntó Miguel con ansiedad.
- Yo te amo –dijo Marisa.
- Eso no es cierto –cortó Miguel.
- Yo te amo, pero no con las tres letras que componen la palabra, sino mucho más. Eres todo para mí. Te amo como novio, te aprecio como amigo, te quiero como a un hijo, te respeto como a un padre... todo, eres todo para mí –dijo Marisa.
- Luego entonces... no soy nada –trató de resumir Miguel, mientras sentía cómo su ánimo caía vertiginosamente.
- Tampoco es eso, pero... soy incapaz de definirte. Estás fuera del tiempo. Eres como un oasis, como una ráfaga de brisa que nos sorprenden un día de calma. Eres algo y mucho, pero... no eres de aquí, no eres como los demás –dijo Marisa.
- Tienes razón. Y sin embargo me cuesta hacerme a la idea. ¡Cuánto quisiera ser menos pero ser de aquí! Déjalo, no te preocupes, te comprendo y no te lo reprocho.
 
La conversación paró un instante. Parecía como si ya todo estuviese dicho; sin embargo aún permanecían allí. Ese misterio estaba esclarecido. ¿Qué hacer entonces? Ambos habían experimentado una nueva sensación que sus cerebros no acertaban a catalogar; por eso permanecían estáticos.
- ¿Qué nos queda por hacer? –preguntó Miguel, quien no soportaba por más tiempo aquella incertidumbre.
- No existe nada ni nadie que nos lo pueda decir. ¿No será mejor dejar esta tarde aquí? Sin saber por qué nos hemos encontrado y hemos sentido algo sin nombre, algo que no podemos definir con palabras –dijo Marisa.
- Es verdad, tus rodillas revelaron como espejo algo nuevo, sin conocer. Hemos sido felices esta tarde como tantas otras. Paremos aquí, despidámonos ya y esperemos... –añadió Miguel a modo de despedida.
- Será mejor, sin hacer nada, esperar una nueva tarde de amor sin nombre para nuestros cuerpos.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.

domingo, 10 de marzo de 2024

Amor y atracción

Así lo titulé, “Amor de centros”, a este relato escrito en mi temprana juventud. A pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo uno de mis relatos cortos favoritos…
 
AMOR DE CENTROS
 
Poco a poco fue naciendo... imperceptiblemente. Todos los órganos se habían vuelto independientes: tiraban en todos los sentidos. Mas aún era pronto, y escapaba de la consciencia aquella extraña maraña de atracciones.
-Un hombre nos separa ¿o tal vez nos une? -se preguntaban a menudo.
-Nuestro cuerpo está formado por átomos, los cuales tienen cargas positivas y negativas. Estos átomos poseen una carga determinada de atracción. Cuando los átomos de un cuerpo se encuentran con los de otro cuerpo que los complementan, se enamoran. Ese es el único amor: el amor de átomos, el amor de centros –decía Miguel.
- ¡Cuántas verdades hay en el mundo! ¿Será verdad el amor de átomos? Posiblemente sí. Entonces ¿Cómo explicar esta dispersión que noto en mi cuerpo? –preguntaba Ana.
- Un cuerpo se interpone entre nosotros. ¿Tendremos los dos la misma carga? De ser así ¿cuál podrá verse compensado? –reflexionaba Miguel.
 
Los dos, Ana y Miguel, sentían cómo sus moléculas les estiraban los músculos; se encontraban insatisfechos, inquietos de cuanto les rodeaba. ¡Ay! tremenda lucha. ¿Qué hacer? Sin embargo él nada podía hacer y nada haría. ¿Por qué? Acaso fuese una rebelión, un castigo sobre ese cuerpo que intentaba traicionar sus ideas; un castigo sobre esas ideas que intentaban traicionar sus principios.
 
Ana se hallaba aún más turbada. Necesitaba dar, entregarse más allá del límite de sus fuerzas. Pero dos fuerzas ajenas a su cuerpo interferían el natural metabolismo psíquico y no la dejaban descansar. “Miguel me necesita más. ¿Qué debo hacer? ¿A cuál de los dos debo entregarme?”. Sin embargo ya estaba rota su razón cerebral y vagaba lejos, al impulso de sus átomos; volaba en dispersión. Y cansada ya, dejarse llevar, dejarse guiar; no hay otro remedio. ¿Por qué no ha de ser la mejor solución?
 
Y la tarde, siempre fecunda en todos los aspectos, habría de verse envuelta en la resolución de esas inquietudes. La tarde del día, la tarde de la vida; siempre tarde para aquél que empieza.
 
Se habían dado cuenta del valor de los sentimientos ajenos. Ya no les valía de nada fingir, disimular unos hechos a todos evidentes.
- Yo siento tu atracción. Tal vez no debiera ser así, pero ¿qué hacer si no? Tenemos cerrado el camino, no existe ninguna otra solución. Van a reventar nuestros cerebros. Desde que, sin querer, tuvimos el primer contacto, quedó rota nuestra razón. Ámame, deja que nuestros átomos se amen.
Estas palabras, dichas por ambos, habían rasgado el tiempo sorprendiendo a cuantos les rodeaban. Sólo preguntas surgían en las mentes de los testigos de aquella insospechada revelación. Todas las barreras, construidas laboriosamente año tras año, en un momento habían sucumbido. “No existen ya valores fijos”, se habían dicho los testigos, aún sin salir de su parálisis.
 
Mas así como habían caído las barreras, así escaparon de aquél ambiente de miradas; miraron a sus propios cuerpos; escaparon al mundo de sus primeros sueños.
Miguel, apenas serenado, trataba de emitir palabras que sus labios le negaban: “Ya estamos solos; solo nos queda unirnos”.
Ana, también sobrecogida, miraba aquél nuevo cuerpo que, sin hacer nada, fue capaz de romper todo su pasado. “Soy tuya”, dijo tan sólo.
 
Con la timidez pura de un primer contacto, la vida estallaba ante sus ojos. Sus labios, inmóviles, se dejaban arrastrar. Las manos, olvidadas, flotaban lejos, en otros espacios. Se unieron. Se alejaron.
- Es otro aire este que respiramos. No sé qué decir, sólo se sentir.
Así, durante unos espacios fuera del tiempo, unieron sus labios en un primer abrazo de sus cuerpos. Los átomos veían así cumplidos todos sus deseos. Esa felicidad que ahora sentían superaba cuanto habían podido imaginar. No existía ninguna fuerza que pudiera separar aquello que ya estaba unido. Derramaron lágrimas blancas de amor sobre cada una de las moléculas de sus cuerpos. Los cabellos, perdidos en el espacio, sirvieron de tibia almohada para todos sus deseos. Así, despacio, sintieron deslizarse sus cuerpos, fundirse con la nada. Y ellos dos, allí aunados en sí y separados de todo, eran el embrión de un amor que al fin se realizaba. Al cabo hubo una pausa, un vacío que se abría...
- Tú no sabes amarme –suspiró Ana.
- Pero te amo –un poco triste, interpeló Miguel.
De nuevo se miraron, se vieron allí solos, despojados de todo y llenos. Así, con una nueva expresión, le respondió Ana:
- Si quieres, puedo enseñarte.
No hablaron más. Todo se había realizado y la tranquilidad dormía aquellos cuerpos mientras sus almas soñaban. ¡Ay, amor, amor de centros...!
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.

sábado, 9 de marzo de 2024

Amor, en una palabra

Este relato corto ha sido uno de mis favoritos porque consiguió despertar mi emoción según lo iba escribiendo. Aquí te lo dejo para que tú también lo vivas…
 
AMOR, POR ENCIMA DE TODO
 
Él era un joven de espíritu sensible, amable, amante de la naturaleza y del arte. Su pasión era dibujar y había entrado a trabajar, tan sólo hacía unos años, en una editorial, pero su oficina era su casa y su horario laboral cuatro horas diarias que dedicaba a realizar las ilustraciones que le encargaban en la editorial para todo tipo de libros. A veces le preguntaban el por qué no trabajaba más y así ganaría mucho más dinero, pero él respondía que para qué quería dinero si luego no tenía tiempo de disfrutarlo. Por eso amaba su trabajo, porque le gustaba, le daba el suficiente dinero para vivir y sobre todo, le dejaba tiempo libre.
 
Fue en ese tiempo libre y en sus jornadas de trekking por las montañas cuando la conoció a ella. Fue un flechazo a primera vista. Pero pronto comprendió que allá, en la montaña, ella le aventajaba. Siempre había creído ser un buen senderista y escalador, pero todo cambió cuando la conoció y comprobó que ella era una experta escaladora, que su vida era la montaña y la aventura. En aquél ambiente ella era quien marcaba el camino, quien llevaba la iniciativa, y quien debía esperar a que él, regazado, fuese recuperando el camino. Pero él nunca intentó disimular, ni hacerse el “macho”, sino que tomó aquello con deportividad y con humor, y ese humor, que hacía brotar en ella la risa a raudales, fue el que despertó también en ella el amor.
 
Comenzaron a salir y a conocerse más a fondo. Y pronto descubrió él que ella no era una simple aficionada a la naturaleza, sino una profesional del mundo de la aventura, a quien entrevistaban con frecuencia en los medios de comunicación, la invitaban a dar conferencias, le pedían colaboraciones escritas para diferentes revistas, le pedían que organizase viajes de aventura... y ese era su trabajo.
 
Ninguno de los dos había cumplido aún los 30 años. Los dos eran delgados y atléticos, ella con unas piernas más fuertes aún que las de él. Ambos compartían facciones agradables, mirada limpia y sonrisa fácil.
 
A pesar de todo, nadie conocía su relación, ni en el ámbito familiar, ni en el profesional. No es que quisiesen ocultar su relación, simplemente era que no la iban pregonando.
 
Un buen día, ella marchó a un viaje de aventura. Viajó con un grupo –en un viaje organizado por una cadena de televisión- al volcán Nyamuragira, en Tanzania, el volcán más activo de África. Él se quedó en España y durante días sólo el teléfono les permitió estar en contacto... hasta que el canal Cuatro de televisión anunció una conexión en directo con los expedicionarios. Él, más que nadie, estaba pendiente aquél día del televisor. Se vio a los miembros de la expedición trepar por las laderas de lava grisácea y humeante, mientras se acercaban a una gran grieta bajo la cual la lava roja brotaba a borbotones. Se alejaron un poco y continuaron la ascensión siguiendo la línea de aquella fractura y entonces, ella resbaló y apoyó la mano con todas sus fuerzas, para no caer por la pendiente, con tan mala fortuna que la mano se introdujo en una grieta en cuyo fondo la lava fundió al instante su carne. Los telespectadores que estaban viendo aquello en directo quedaron paralizados y a todos se les encogió el estómago al ver cómo volvía a sacar la mano (o lo que quedaba de ella) de la grieta, un amasijo de carne quemada. Pero ella no profirió ni un solo grito de dolor. Sus compañeros fueron a ayudarla y ella sacó de la mochila unas gasas y un líquido con el que limpió –retransmitido en directo- las enormes quemaduras, se vendó la mano... y continuó la ascensión. Sus compañeros se mostraban reacios a continuar tras lo sucedido pero ella insistió y finalmente accedieron a proseguir el camino.
 
Desde España, viendo en directo aquél accidente, él no pudo menos que coger en ese instante el teléfono y llamarla. Sonó el teléfono. Ella se llevó la mano sana al bolsillo y lo cogió. Las cámaras de televisión seguían filmando y retransmitiendo en directo estos acontecimientos.
 
Cuando ella escuchó su voz sonrió. “Ya sé que no es el mejor momento, pero estás en directo y acabo de verlo por televisión. ¿Cómo estás?”, le dijo él. “Pues sí, estoy bastante ocupada ahora –respondió ella sin perder la sonrisa- pero, tranquilo, está quemada pero todavía tengo mano”. “Piensa en ti, piensa en nosotros. Tienes que volver y hacer que te curen bien esa mano. No te hagas la héroe, no vale la pena”, le conminó él. “Está bien, no te preocupes, en cuanto los deje arriba, regresaré al campamento base para que me curen. Te quiero. Un beso”, se despidió ella.
 
Pero estaban en directo y toda la escena con los diálogos de ella, se emitieron en directo. Se supo así, en directo, que la heroína estaba enamorada. Había, pues, noticia: grave accidente de la popular guía y descubrimiento de que estaba enamorada.
 
A su regreso a España una decena de medios de comunicación la estaban esperando. Del aeropuerto fue directamente al hospital ya que en Tanzania tan solo le hicieron unas primeras curas de emergencia pero ahora necesitaría cirugía reconstructiva. Los periodistas preguntaban insistentemente de quién se había enamorado, pero ella simplemente respondía que no era nadie conocido y por tanto no debía tener mayor interés para ellos, pero sí que lo tenía. Aquélla relación, por tanto, no podría mantenerse en privado (que no oculta) mucho más tiempo, y ambos fueron conscientes de ello. Por eso aceleraron el proceso de maquetación y edición del libro que estaban preparando, escrito por ella, con algunas de sus vivencias más extremas, y con ilustraciones de él.
 
Conscientes de la expectación generada, y dispuestos a aprovechar ese tirón mediático, ella anunció una rueda de prensa para presentar su libro... y a la persona de quien se había enamorado. Y nadie sabía –ni siquiera los familiares más allegados- quién era él ni sospechaban que el autor de las ilustraciones del libro fuese la persona objeto infructuoso de todas sus pesquisas.
 
Cuando llegó la rueda de presentación, allí estaba él junto a ella. Él saludó primero a los padres y les habló, en privado, de su relación; estos le reprocharon lo hubiesen mantenido todo tan en secreto, pero “nuestra vida privada es nuestra”, interrumpió ella. Después, en el transcurso de la presentación del libro ella explicó que el autor de las ilustraciones era precisamente la persona de quien se había enamorado. Durante la posterior rueda de prensa, en la que se agolparon las preguntas de los numerosos periodistas, hurgaron en lo escabroso de su lesión y en cómo había quedado la mano (funcional pero deforme) y a este respecto le preguntaron a él si no le importaba tener una novia que ahora tenía una mano deforme. Sin inmutarse, respondió que la quería porque lo que de verdad le importaba era su alma y esta no había volcán en el mundo capaz de deformarla, y por eso se sentía ahora más orgulloso y feliz que nunca de poder estar a su lado y amarla.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás echar un vistazo a todos los libros que he escrito.