martes, 1 de marzo de 2022

1. Aterrizaje

Gracias a un anuncio en El País y a un largo proceso de selección realizado por una empresa de “Head hunters” (o sea, de selección de personal), fui contratado como Jefe de Publicidad de una de las empresas de agroquímicos más importantes de España. Era un cambio radical en mi vida. Dejaba atrás doce años –mis doce primeros años de trayectoria profesional- en la industria farmacéutica y me sumergía ahora en otro mundo diferente, para manejar presupuestos de Publicidad mucho mayores y desarrollar mi creatividad en la Publicidad a través de los grandes medios. En el sector farmacéutico todo se centraba en los folletos de visita médica, y tan solo de vez en cuando se hacían algunas campañas de Publicidad en revistas médicas o alguna acción especial para apoyar la presencia en congresos médicos. Ahora, sin embargo, se abrían las puertas a los medios de comunicación generales: radio, prensa, publicidad exterior, publicidad lugar de venta, promociones, etc., incluso –quién sabe- si también televisión en el futuro. 

Era el mes de marzo de 1983 cuando me incorporé a Zeltia Agraria, cuyas oficinas centrales estaban ubicadas en un moderno edificio de oficinas, el edificio Mirasierra, en la colonia del mismo nombre situada en la zona norte de Madrid junto a la salida de la carretera de Colmenar. No sólo era el tan anhelado cargo de Jefe de Publicidad el que había conseguido, sino también un salario sensiblemente superior al de mi último trabajo y con la ventaja añadida de su cercanía a mi domicilio; ya no tendría que desplazarme todos los días a Alcalá de Henares, sino que en poco más de 15 minutos en coche llegaría a la oficina a partir de ese momento. 

Pero pasar de la industria farmacéutica al mundo de la agricultura suponía tener que adquirir una nueva cultura. Aunque mi trabajo se centrase en la Publicidad y –tal como había destacado en las entrevistas de selección- “la Publicidad no cambia, lo único que cambia son los productos que se anuncian”, era evidente que tendría que sumergirme en un nuevo mundo del que únicamente guardaba ligeras sensaciones y emociones de mi infancia en Daimiel (Ciudad Real) con recuerdos de mis juegos en los campos de cultivo que tenía allí mi abuelo. 

En esa primera toma de contacto con el mundo real de la agricultura en España, pude saber que -en la década de los ochenta- eran más de 50 los cultivos que alcanzaban en nuestro país extensiones significativas, llegando con algunos de ellos a ocupar un lugar destacado en el panorama agrícola europeo. Por ejemplo, con 2.100.000 hectáreas, éramos los primeros de Europa en el cultivo del olivo, al igual que sucedía con la viña (1.600.000 Has), con la patata (300.000 Has) y con los cítricos (215.000 Has). A nivel europeo ocupábamos el segundo lugar en otros dos cultivos: cereales (6.500.000 Has) y girasol (1.000.000 Has). Pero también en otros cultivos éramos una potencia agrícola: maíz (545.000 Has), cultivos hortícolas (460.000 Has), remolacha (180.000 Has), frutales (160.000 Has), arroz (77.000 Has) y algodón (80.000 Has). 

Pero la agricultura se encontraba en una encrucijada. Mientras la demanda de productos agrícolas y de una superior calidad de los mismos se hacía cada vez más exigente, las tierras dedicadas al cultivo se iban reduciendo, y sólo a base de mecanizar la agricultura y de utilizar productos agroquímicos podían obtenerse más y mejores cosechas con las que abastecer al mercado. No debemos olvidar que según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) la agricultura mundial pierde un tercio de su producción anual por culpa de las plagas y enfermedades que atacan a los cultivos. Ese era un dato referido a nivel global y que resultaba (y sigue resultando) preocupante en el tercer mundo, sin embargo en los países desarrollados, la investigación de las empresas de agroquímicos y el amplio desarrollo de sus productos –así como el potencial económico-, permitían controlar eficazmente las plagas y obtener mayor rendimiento de las cosechas. 

En los años ochenta, Francia era el principal mercado de productos agroquímicos (1.665 millones de dólares), le seguía Italia (741 millones de dólares), Alemania Federal (681 millones de dólares), Reino Unido (576 millones de dólares) y, por fin, en quinto lugar, España (383 millones de dólares). 

La participación de Zeltia Agraria en este mercado llevaba una línea continua ascendente, ocupando el tercer y más tarde segundo lugar en este mercado en donde las seis primeras compañías copaban el 64 por ciento del mismo, dejando tan solo un 22,5 por ciento para las seis compañías siguientes y un raquítico 13,5 por ciento para todas las demás. 

A nivel geográfico, Madrid era una región pequeña, apenas un 1,2% del mercado. En cambio la principal región era Andalucía (27,8%), seguida de Levante (21,2%), Cataluña (11,6%), Murcia (7,2%), Castilla y León (6,4%), Aragón y Rioja (4,9%), Extremadura (4,4%), Canarias (4,2%), y ya con menor significación Castilla La Mancha, Galicia, Navarra, País Vasco, Baleares, Asturias y Cantabria. 

Pero la importancia de las regiones dependía fundamentalmente del tipo de cultivo que predominase en ellas, ya que si se trataba de cultivos que alcanzasen un alto precio en el mercado, los agricultores se gastaban dinero en agroquímicos, más desde luego que si el precio de sus cosechas fuese bajo. Así sucedía que la viña, los frutales, los cítricos, algunos cultivos de huerta o el olivo, generaban más ingresos que –por ejemplo- los cereales y, en consecuencia, esos agricultores ganaban más dinero al vender sus cosechas y se gastaban más dinero en protegerlas frente a las plagas y enfermedades. 

Según datos de la patronal de la industria química española, AEPLA, en la década de los ochenta, de las ventas totales de agroquímicos en España el 33,3% correspondía a insecticidas; el 27,8% a herbicidas; el 19,4% a fungicidas, el 6,6% a acaricidas y el 12,9% a otros productos como abonos foliares, reguladores de crecimiento, etc. 

Este era –de forma muy resumida- el panorama del mercado español de agroquímicos en aquellos años, pero ¿quién era Zeltia Agraria? Repasemos brevemente su historia para hacernos una composición de lugar...
 
En 1940 se fundaron con capital español los laboratorios Zeltia, que establecieron un centro de producción en Porriño (Pontevedra). Esta empresa estaba dedicada a la fabricación y comercialización de plaguicidas, productos farmacológicos y de veterinaria, realizando importantes aportaciones tales como el DDT y HCH en el campo de los plaguicidas –siendo muy popular su gama de productos “ZZ”-, así como derivados del cornezuelo del centeno y extractos hepáticos en el sector de la medicina humana y vacunas contra la peste aviar, porcina, etc., en el campo de la veterinaria.
 
Muy pronto comenzó su colaboración con el grupo químico internacional Imperial Chemical Industries (ICI), los cuales habían empezado tímidamente a introducir sus productos en España a través de una empresa, Amazón, radicada en Barcelona, y alcanzaron un acuerdo con Zeltia para trasladar a esta compañía sus operaciones en España y obtener de esta forma una más rápida introducción en el mercado español.
 
En el año 1964 los dos grupos, ICI y Zeltia, alcanzaron un acuerdo para crear dos nuevas compañías –participadas ambas al 50 por ciento- para comercializar los productos agroquímicos y los farmacéuticos tanto de ICI como de Zentia. A la primera la bautizaron como Zeltia Agraria y a la segunda como ICI Farma, quedando radicadas ambas en el complejo industrial de Porriño. Inicialmente, incluso, la sede central de Zeltia Agraria quedó establecida en el mismo recinto de la fábrica, si bien años después, en razón de su rápida expansión, se trasladó la sede central a Madrid y se amplió notablemente el equipo humano.
 
Durante las primeras décadas, Zeltia Agraria creó una amplísima red comercial con numerosos vendedores por toda la geografía española para que estos pudieran atender a los más de 15.000 clientes, lo que le exigía –además- tener numerosísimos puntos de stock en toda España para atender de manera rápida los miles de pequeños pedidos que les iban llegando de cada agricultor. Entre sus clientes se encontraban tanto los grandes agricultores como los pequeños, haciéndose cada vez más difícil y laborioso el trabajo a la hora tanto de hacer previsiones de venta como de tramitar los pedidos o hacerlos llegar a su destinatario final.
 
En 1976 comenzó un amplio programa de reestructuración, reduciendo su plantilla a la mitad, pero aquella reducción de personal (la mayor parte correspondiente a la red de ventas) no resultó demasiado traumática ya que una buena parte de dichos vendedores pasaron a convertirse en Distribuidores. Se creó así una amplia red de Distribuidores profesionales, amplios conocedores de los mercados locales y de los productos de la compañía, para atender a los agricultores, pasando Zeltia Agraria a vender tan solo a dichos Distribuidores.
 
El grupo español Zeltia estaba constituido entonces por un amplio grupo de empresas, especializada cada una de ellas en un mercado específico. Podemos destacar, además de Zeltia Agraria (agroquímicos) e ICI Farma (medicina humana), a Cooper Zeltia (veterinaria, en “joint-venture” con Cooper McDougall), Pharma-Mar (investigación de fármacos de origen marino), Títulos y Minas (minería), Xylazel (pinturas y barnices, en “joint-venture” con Desowag Bayer) y Zeltifur (cría de visones para peletería). Entre los principales accionistas de este grupo se encuentraban varios miembros de la familia Fernández, una de las más poderosas a nivel económico en Galicia, con intereses también en otras muchas compañías tales como Pescanova (pesca y manufacturación de pescado) cuyos barcos se utilizaban también para obtener animales marinos sobre los que desarrollar la investigación de Pharma Mar, Transfesa (transporte por ferrocarril, con una flota de trenes a nivel de la de RENFE), Thenaisie Provoté (conservas de pescado, con su famosa marca “Grands Hotels”), etc.
 
Por su parte, la historia del grupo británico ICI arrancó muchos años antes, concretamente en 1926 cuando se constituyó dicha compañía mediante la unión de los cuatro mayores fabricantes británicos de productos químicos. En el campo de la agricultura, se creó en el año 1937 Plant Protection con vistas a desarrollar productos para la protección de las cosechas y a comercializar en todo el mundo los fabricados por la propia ICI. Algunos de esos productos fueron igualmente grandes avances en su tiempo, como los herbicidas selectivos 2,4-D y MCPA o el insecticida Lindano, e incluso algunos como Gramoxone (paraquat), ha seguido manteniendo su vigencia y liderazgo mundial hasta tiempos muy recientes. En el campo de los insecticidas también destacó pronto con pirimicarb, los primeros piretroides, etc.
 
ICI se convirtió en poco tiempoen una de las compañías más dinámicas e importantes del sector químico. Sus objetivos en materia de agricultura abarcaban numerosos aspectos: protección de cosechas, seguridad y medio ambiente, fertilizantes, productos de veterinaria, etc.
 
La sede central de su división agroquímica se estableció en Fernhust, desde donde se planificaba la exportación de sus productos a España. Su principal centro de producción estaba situado en Yalding, en donde se recibían materias primas procedentes de todas partes del mundo y se fabricaba la mayor parte de sus productos. Su principal centro de investigación se encuentraba en Jealott’s Hill, en donde con un equipo de más de 800 científicos se ocupaba de investigar y desarrollar nuevos productos así como determinar los ensayos que habrían de realizarse con los mismos en todo el mundo antes de su posible comercialización. La presencia de ICI se hizo notar en los cinco continentes, con unas ventas globales (en la década de los ochenta) superiores a los 13.000 millones de euros.
 
Su presencia en España estaba muy diversificada, contando con todas estas empresas: ICI España (como cabecera de grupo), ICI-Mevisa (colorantes, pigmentos, resinas y productos auxiliares), Intorsa (intermedios orgánicos, pigmentos y productos auxiliares), Nurel (fibras sintéticas, poliéster), Polyvinyl Ibérica (plásticos), ICI Seguridad (sistemas de seguridad), Stauffer Ibérica (agroquímicos), Stahl Ibérica (productos para la industria del cuero), Hispavic Industrial (policloruro de vinilo), Viniclor (polivinil cloruro, PVC) y Tioxide España (dióxido de titanio).
 
Bien, esto es por lo que se refiere a la historia de las dos compañías que crearon Zeltia Agraria, la empresa en la que acababa de aterrizar para proseguir mi trayectoria profesional. Pero ¿cómo era su organización? ¿Cómo eran las personas que trabajaban allí y que iban a ser mis nuevos compañeros?
 
Como organización, ya hemos dicho que tenía las oficinas centrales en Madrid, en un precioso edificio en forma de “X” en la salida por la carretera de Colmenar. El centro de producción estaba en Porriño (Pontevedra) contando con una segunda fábrica en Jaén, esta última especializada en la `producción de insecticidas en polvo ya que el clima gallego (húmedo y lluvioso) no resultaba muy adecuado para ello. Por su situación en el sur de España, esta segunda fábrica constituía también un importante centro logístico de apoyo a Andalucía.
 
A nivel comercial contaba con siete Delegaciones Regionales: Región Centro (Madrid), Región Noreste (Sabadell, Barcelona), Región Noroeste (Porriño, Pontevedra), Región Levante (Quart de Poblet, Valencia), Región Aragón-Rioja (Zaragoza), Región Andalucía Oriental (Peligros, Granada) y Región Andalucía Occidental (Córdoba).
 
Contaba igualmente con un Centro de Experimentación Agrícola (CEA) en Almusafes (Valencia) y una finca de experimentación en Talavera de la Reina (Toledo), así como con una tienda para la venta de sus productos al público general, en Madrid, junto a los locales de la Delegación de la Región Centro.
 
Disponía de un amplísimo catálogo de insecticidas, fungicidas, herbicidas y otros productos fitosanitarios; más de 60 principios activos que daban lugar a 80 productos diferentes y 150 presentaciones. Aquí se englobaban los productos propios de Zeltia y los que provenían de la investigación ICI, pero no acababa ahí la cosa: cada vez que un producto de otra compañía le interesaba, trataba de llegar a algún acuerdo con la misma para comercializarlo bien fuera de forma exclusiva o compartida. De esta forma mantenía contactos e intercambios habituales con importantes compañías de agroquímicos, como Chevron Chemical, Detia, Dow Chemical, Lonza, Nichino, Nihon Nohyaku, Nippón Soda, Rohm & Haas, Sandoz, SDS Biotech KK, Sumitomo Chemical, Takeda y Uniroyal. Como se pude apreciar había una presencia importante de compañías japonesas y es que estas habían optado por ceder sus productos a empresas ya instaladas en nuestro país antes que instalarse ellas en España.
 
Tenía 270 empleados, de los cuales unos 50 formaban la red de ventas y vendía sus productos a través de 1.800 Distribuidores. A nivel económico sus ventas alcanzaban en 1983 los 16 millones de euros y el presupuesto de Publicidad del que iba a disponer para ese primer año ascendía a 280.000 euros. Pero ¿cómo era su organización a nivel departamental? Veamos...
 
El Departamento Industrial era el responsable de las dos fábricas. La fábrica de Porriño estaba especializada en la producción de diversas formulaciones, entre las que destacaban los micronizados y las formulaciones coloidales, manejando un total de unos 70 principios activos. La fábrica de Jaén se especializaba en productos granulados, abonos foliares y algunos otros productos de venta mayoritaria en Andalucía.
 
Existía un Departamento Técnico Agrícola con tres misiones fundamentales:
-                      Verificar la eficacia biológica de los productos candidatos a entrar a formar parte del catálogo de la compañía. A tal fin contaba con un equipo de Técnicos que, distribuidos por toda España, ensayaban los productos en las más variadas condiciones climatológicas, de suelo, etc.
-                      Registrar esos productos para lo cual su equipo de Técnicos trabajaban en estrecha relación con los de la compañía fabricante del producto que se quisiera incorporar.
-                      Apoyar científicamente al equipo comercial para que estos últimos fueran capaces de trasladar a los clientes la información completa y correcta de cada uno de los productos.
 
Se disponía también de un Departamento de Desarrollo cuyos técnicos también estaban distribuidos por todo el territorio nacional y sus principales objetivos eran:
-                      La puesta a punto de los productos ensayados y registrados por el Departamento Técnico Agrícola para su utilización en condiciones normales de cultivo.
-                      La transmisión al agricultor de sus características y modo de utilización, valiéndose para ello –entre otras cosas- de demostraciones reales de aplicación de los productos.
-                      La investigación de nuevas oportunidades –cultivos, mezclas, etc.- capaces de alargar o diversificar la vida útil del producto.
 
Comprometidos con la seguridad de los productos, se creó un Departamento de Riesgos y Medio Ambiente, para asegurar que todos sus productos fuesen manejados y aplicados correctamente y se garantizase su seguridad tanto para el hombre como para el medio ambiente. Este Departamento se ocupaba de detectar posibles áreas de riesgo y acto seguido  establecía las medidas correctoras y preventivas para una correcta fabricación, transporte, almacenamiento y aplicación de estos productos.
 
El Departamento de Ventas tenía como misión no solo transmitir las ventajas de los productos y conseguir el mayor número posible de pedidos, sino también asesorar a la red de Distribuidores y a los agricultores sobre las características de utilización correcta de los productos. Contaba con siete oficinas regionales -cada una con su correspondiente almacén- al mando de un Jefe Regional, con uno o dos Técnicos de Desarrollo, varios Técnicos Comerciales y el personal administrativo y de almacén necesario.
 
Finalmente estaba el Departamento de Marketing, en el que se englobaban Investigación de Mercados, Jefes de Producto y Publicidad. El Departamento de Investigación de Mercado trabajaba para definir el posicionamiento de cada producto y analizaba sus posibilidades de venta, manteniendo una evaluación constante de los productos a lo lago de todo su ciclo de vida. El equipo de Jefes de Producto, verdaderos guardianes de cada uno de los productos, tenían como misión vigilar todo lo relativo a sus productos para que no existiese ningún fallo desde su fabricación hasta su venta, buscando todo tipo de medios para incentivar su demanda. En cuanto al Departamento de Publicidad, me encargaría de realizar los planes de Publicidad y establecer las estrategias, campañas y materiales necesarios para persuadir a los cliente potenciales de las bondades de nuestros productos incitándoles a la compra y utilización de los mismos.
 
El Director General era Alfredo Rubín, un hombre hecho a sí mismo, que empezó como botones en la empresa y llegó hasta lo más alto a través de un largo camino de duro trabajo y aprendizaje. De su obstinación y empeño por el trabajo daba buena idea –como supe más tarde- que había aprendido inglés (y lo hablaba perfectamente) mediante “Assimil”, uno de esos cursos por correspondencia que todo el mundo empieza en septiembre y deja en octubre; él sin embargo no sólo prosiguió hasta el final sino que lo hizo con nota. Prácticamente como segundo de a bordo, estaba el Director Comercial, Bruno Maire, precisamente con quien me había entrevistado y quien me eligió a mi entre la terna presentada por la agencia de selección. Bruno Maire era un francés de mediana edad que en cierta medida me recordaba a mi anterior Director General en los laboratorios Latino-Syntex y Sideta, Carlo de Franceschi, no solo porque fuese extranjero y hablase español perfectamente, sino sobre todo porque era un tipo vehemente, impulsivo. Su afán por el trabajo le llevó a decir en una ocasión –lo que fue motivo de chanza- que la empresa era como un barco en donde el Director llevaba el timón y los vendedores eran los “rameros”. Lo he puesto entrecomillado porque –a pesar de dominar el español- algunas palabras, como esta, las pronunciaba de forma equivocada y, en ocasiones, cómica.
 
En fin, allí estaba yo, recién aterrizado, dispuesto a mi primer día de trabajo. Ante mí, una impresionante escalinata rodeada de fuentes y jardines que daba acceso a la recepción general del edificio “Mirasierra”, en la calle Costa Brava nº 13. En el edificio convivían varias empresas y Zeltia Agraria ocupaba tres alas de esa “X” en que se había construido el edificio, aunque no estaban en la misma planta, sino dos en la primera (donde se ubicaba el Departamento de Marketing por una parte, y el Departamento Financiero por otra, y una en la tercera, donde se ubicaban la Presidencia, Dirección Comercial, jefatura de Ventas, Dirección Técnica y Dirección de Personal.
 
El Director Comercial me dio la bienvenida e hizo las primeras presentaciones y después dejó que otros me fueran presentando por el resto de la empresa. Durante la entrevista de selección que había mantenido semanas atrás con Bruno Maire le pregunté si el puesto de Jefe de Publicidad era de nueva creación o si ya había alguien desempeñándolo y en ese caso, cuál era el motivo del cambio. Así me enteré que en aquellos momentos estaba como Jefe de Publicidad uno de los Jefes de Producto, en concreto Antonio Castiñeiras, el cual tenía que hacer doble trabajo, el suyo propio como Jefe de Producto y el de Jefe de Publicidad. Pronto comprendí que Antonio respiró aliviado cuando se enteró que alguien se ocuparía de la Publicidad y a él le quitarían esa sobrecarga de trabajo. Eso me alegró, porque yo no deseaba entrar en guerras con nadie ni demostrar nada a nadie, sino simplemente hacer mi trabajo lo mejor que supiera, tal como había hecho siempre. De lo que no estaba tan seguro era de cómo se lo tomaría la persona que tenía a su cargo en Publicidad, un tal Javier Cebrián. Ciertamente –según me enteré poco después- tanto él mismo como otras personas en la empresa, pensaban que Javier podía ser ascendido a Jefe de Publicidad, y por ello fue una cierta sorpresa para todos ellos comprobar cómo buscaban y traían de fuera un Jefe de Publicidad. Y es que en aquella empresa nunca había existido un Jefe de Publicidad como tal, sino que a lo largo de su historia diversas personas habían ocupado provisionalmente ese puesto.
 
Tiempo más tarde pude comprobar cómo ninguna de ellas había sido Técnico de Publicidad, ni siquiera experto en Publicidad. Y si Antonio Castiñeiras, agobiado por su doble trabajo, sólo llevaba a feliz término la mitad o menos de los elementos y acciones publicitarias contempladas en el Plan de Publicidad, antes que él habían estado otros peores en este aspecto. Medalla en este sentido merecía un Jefe de Producto veterano, Jesús Ävila, el cual se jactaba –según decían- de su mayor logro cuando estuvo al frente del Departamento de Publicidad: haber ahorrado el 80 por ciento del presupuesto. ¿Y cómo lo consiguió? Muy sencillo: no gastando ni una sola peseta en Publicidad.
 
Pero volviendo a Javier Cebrián, la persona que reportaría mí, pude comprobar que aceptó deportivamente la llegada de aquél intruso que era yo. Pronto pude comprobar que ambos nos complementábamos, por lo que el encaje se fue haciendo de forma satisfactoria para ambos. Él era un extraordinario dibujante, al que continuamente asaltaban desde todos los Departamentos de la empresa para que le hicieran un esquema, un dibujo, unas diapositivas o transparencias (entonces se utilizaban mucho los acetatos para proyectar en las reuniones), un diseño de cualquier cosa... él era, pues el “gráfico” mientras que yo no entraba en ese terreno sino que era el de los textos. Por otra parte, ambos teníamos buena creatividad y buen sentido del humor, algo –esto último- imprescindible para poder ser feliz en la vida.
 
Para completar el Departamento teníamos a Aurora como secretaria, una chica joven y campechana con la que era fácil llevarse bien y de la que siempre recuerdo la sorpresa que se llevó cuando a los pocos días de haber llegado yo a Zeltia Agraria, y según salíamos a la calle para regresar a nuestras casas al término de la jornada laboral, me dijo: “Te voy a presentar a mi marido, que ha venido a recogerme”. Nunca olvidaré la cara de alucinación que puso cuando –antes que pudiese abrir la boca- nada más vernos su marido y yo corrimos a abrazarnos. ¡Resultó que su marido era José Manuel Vuelta, un amigo de la adolescencia, de aquellos gloriosos tiempos de los guateques!
 
En una empresa, lo más importante son las personas, y en pocos días fui aprendiéndome los nombres de los nuevos compañeros. Es inevitable que muchos de ellos se me olviden en este momento, a la hora de escribir este libro; pero eso no significa que me haya olvidado de ellos... es sólo el nombre que no me viene a la memoria. Valga, pues, el siguiente repaso para rendir un tributo de amistad y agradecimiento a todos, aunque no todos ellos queden citados.
 
La secretaria del Director General era la mexicana Carmen Fernández, con quien tuve que hacer una vez un viaje que consistió en ir a comer a un Parador Nacional y probar todo tipo de platos hasta que ya no pudimos más. Eso sí que fue una”comida de trabajo” por todo el trabajo que nos dio dar buena cuenta de tan suculentos manjares... pero había que probar de todo para elegir el menú de una reunión importante que se celebraría allí unos días después.
 
Como Director Comercial, Bruno Maire regresó a Francia al poco tiempo de incorporarme yo a la empresa, ya que lo promovieron a un puesto superior en Francia y fue sustituido aquí por Bernard Graciet, otro francés que –afortunadamente para mí- hablaba español perfectamente. Bernard Graciet me recordaba físicamente a Charles Aznavour, auqneu lo más importante era su carácter cercano, con sentido del humor y sin complejos. De esto último da buena prueba la petición que un buen día le hizo a Javier Cebrían del que conocía sus dotes como caricaturista. “¿Por qué no me haces una caricatura?”, le preguntó. Para Javier fue un compromiso porque nunca se sabe cómo va a sentar una caricatura a quien la recibe, puesto que toda caricatura tiene algo de grotesco. La verdad es que no he conocido a ningún Director ni Jefazo que haya querido nunca exhibir en una Convención de Ventas una caricatura suya, pero Bernard Graciet sí que lo hizo. Como secretaria tenía a Trinidad Pintos, quien acabaría años más tarde trabajando conmigo.
 
Del Departamento de Personal recuerdo a Sara Mate, y a Elena Pérez, que se incorporó poco después como Directora de Personal. En aquella época era prácticamente inexistente la figura de “Recursos Humanos”, porque entonces a los “recursos” nos llamaban empleados y nos trataban como a personas, y desde luego el ambiente era mucho más “humano” que en la actualidad.
El Director Financiero era Antonio Alarcón y con él estaban Jesús Navarro y Conchita Vera, vigilando siempre que todos los demás llevásemos un buen control de los gastos y no nos pasásemos del presupuesto. Por allí andaba también, más metido en las altas esferas, Esteban Fernández Valverde.
 
Los ordenadores sólo estaban al alcance de los chicos de informática, Eduardo Invarato (a quien siempre deslumbraba todo lo que hacíamos en Marketing), Javier Marín y Jesús Rico. Salvo ellos, nadie más tenía ordenador, sino que escribíamos a mano lo que queríamos y se lo dábamos a la secretaria para que lo escribiese a máquina, o bien se lo dictábamos directamente. Por supuesto que la elaboración y control del presupuesto que cada uno de nosotros llevaba de su Departamento se hacía a mano, ni Excel ni tonterías de esas; una buena hoja de papel, una calculadora y un bolígrafo eran más que suficientes.
 
En la parte científica, esto es, en el Departamento Técnico, estaba Andrés Martínez como Director Técnico, aunque al poco tiempo se jubiló y se contrató en su lugar a Enrique Celma. Con él trabajaba como responsable del área de Registro, Juan González Diaque, un habitual en los ratos de diversión del equipo de Marketing porque él era de Cai (o sea, de Cádiz y del Cádiz) y con eso queda dicho todo. Y también estaba Agustina Moreno (Tina) con su eterna sonrisa y permanente amabilidad
 
Los trabajos de experimentación en el campo, estudiando la eficacia de los productos, contaba con Epifanio Gallardo que, más adelante tuvo como nuevo jefe a Pedro Gruenholz quien, a pesar de su apellido, era español.
 
El Jefe Nacional de Ventas era Carlos Cárdenas, y un buen día nos dejó... porque todos hemos de irnos de esta vida alguna vez. Su adjunto era Juan Miguel Orbi, un tipo campechano que desconocía lo que eran los susurros porque siempre hablaba con el dial de volumen de su voz a tope... ¡y cómo comía!... no lo digo por la cantidad sino por la rapidez; cuando aún estábamos terminando el primer palto él ya iba por el postre.
 
El área de Compras y Logística tenía como Jefe a un enamorado de Benidorm (nunca he visto a nadie hablar con tanto entusiasmo de sus veraneos en ese “pequeño” pueblo atestado de rascacielos), Wenceslao Pérez. Con él trabajaban Julio Sánchez y Cristina Martín.
 
La Administración de Ventas tenía un equipo formado por Javier Díez, José Luis Sánchez, Julia González y Carlos Velázquez... este último, un atlético de corazón que, sin embargo, un buen día decidió que su familia era más importante que el Atleti y se dio de baja como socio. Tenía que haber hecho como yo: ¡dar de alta como socios a toda su familia!
 
En el Departamento de Marketing, como Jefe de Marketing estaba Jeff Pullen, un británico enamorado de España... que hablaba perfectamente en español (¡gracias a Dios!). El equipo de Jefes de Producto estaba encabezado (no en vano era el mayor) por Jesús Ávila, una auténtica institución en la compañía, tanto era así que se le consentía todo; “son cosas de Jesús”, era lo que decían los demás como justificación, y es que cuando se empeñaba en algo era muy difícil impedir que siguiera adelante con ello. De Ismael Sierra lo que más me gustaba era su puntualidad y su afición por llegar con tiempo suficiente a todas partes; él era, además, el único que tenía allí al lado a su mujer, Trinidad Pintos, la secretaria de Bernard Graciet. Ambos, Ismael y Trinidad, se marcharon a vivir durante un tiempo a Valencia cuando ICI le nombró a él Director de una pequeña empresa de agroquímicos, Stauffer Ibérica, que había adquirido la multinacional británica; aunque –lo que son las cosas- al cabo de unos años los productos de Stauffer Ibérica acabaron engrosando nuestro catálogo y ellos volvieron a Madrid con nosotros. De Antonio Castiñeiras ya he comentado que estuvo ocupando provisionalmente el puesto de Jefe de Publicidad y lo le relevé de ese extra de trabajo en cuanto llegué y así pudo centrarse en lo suyo. Antonio compartía despacho con Valentín Mezquiriz, otro de los “clásicos” de la compañía, y es que entonces la gente duraba mucho tiempo en las empresas y la veteranía era un plus y no como ahora. También estuvo un tiempo como Jefe de Producto Carlos Palomar, y como secretarias en esta área Alejandra Coco y Pilar Sánchez. Otros Jefes de Producto que pasaron por allí pero camino de la cumbre, fueron Enrique Portús, que acabó como Director General, o Ignacio Domínguez, que acabó como Director de Marketing.
 
Un poco en tierra de nadie, estaban los chicos de Desarrollo, con un Jefe Nacional, Enric Ferraté (gran aficionado a coleccionar platos de cerámica), y un equipo de Técnicos de Desarrollo repartidos por todas las Regiones. En teoría dependían del Departamento Técnico, sin embargo su trabajo estaba totalmente orientado a Marketing, por lo que –hasta físicamente- trabajaban junto al equipo de Marketing y de Ventas.
 
Fuera de las oficinas de la sede central en Madrid, estaban los empleados de la tienda abierta al público en la calle Feraz de Madrid: Juan José Salvador, Francisco Miralles y María Eugenia Gutiérrez, quienes físicamente (y también a nivel de trabajo) estaban integrados en la Región Centro que tenía en ese mismo lugar su Delegación; una Delegación que al estar en pleno centro de Madrid no podía tener allí el almacén regional de productos, por lo que este estaba situado en Valdemoro y no sólo se almacenaban y distribuían desde allí los productos sino también los materiales de Publicidad, lo que motivó que hiciese muchas visitas a dicho almacén.
 
Más lejos, a 700 kilómetros, estaba la fábrica de Porriño, con su Director Constantino Peón. Junto a él Francisco Outeiral como responsable del cuidado del medio ambiente; José Manuel Graña, como responsable de investigación y desarrollo; Valentín Carpente, como responsable de laboratorio... y tantos otros que no puedo ahora recordar.
 
Finalmente, en el Departamento de Publicidad, al que me acababa de incorporar, éramos tres personas, ya que contaba con la ayuda de Javier Cebrián como adjunto y de Aurora como secretaria, aunque más tarde habría nuevas incorporaciones. Pero ahora toca hablar de cómo fueron esos primeros meses, esos primeros trabajos que realicé, cuando aquella empresa todavía se llamaba –aunque por poco tiempo más- Zeltia Agraria.
 

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viernes, 25 de febrero de 2022

Poesía: A mis queridas nietas

Poesía escrita por Gaspar Fisac Orovio, médico, periodista y poeta, en 1934:

A MIS QUERIDAS NIETAS
 
Nota alegre y cadenciosa
de la canción de un poeta,
luz de mis hijos hermosa,
el capullo de una rosa,
eso es mi primera nieta.
 
Un día trajo un ángel
a mi Conchita,
cobijada en sus alas
una hermanita.
¡Nietas hermosas,
se mecen en su tallo
como las rosas!
 
Tiene mi Matildita
ojos tan bellos
que el ángel que la trajo
se mira en ellos.
Dulce paloma,
donde posa su vuelo
el Sol se asoma.
 
Y como el Sol se para
junto a las cunas,
y el viejo tiene frío,
siempre las busca.
El pobre abuelo
vive si en sus rodillas
bailan sus nietos.
 
(Y yo pienso al mirarlas:
“¡Qué feliz fuera
si a mi Concha a mi lado
con ellas viera!
¡Dios lo ha querido
y ellas son su recuerdo
cuando las miro!”).

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miércoles, 23 de febrero de 2022

I.- De la mina a la cima

Al suroeste de Escocia se encuentra el condado de Ayrshire, una de las regiones más fértiles de Escocia (de la que forma parte este condado desde el siglo XI) con una población de 370.000 habitantes. Destaca por su agricultura (patatas, verduras y fresas) y una importante ganadería (ovino y vacuno) siendo su raza autóctona de vacuno, destinada especialmente a la producción de leche, una de las más preciadas.
 
Allí, en este condado, en su zona norte, se encuentra un pequeño pueblo de sólo 3.500 habitantes, llamado Dreghorn. Es en este pequeño pueblo en donde nació en 1943 Tom McKillop, uno de los personajes más influyentes en el pasado reciente de la historia farmacéutica.
 
Su padre, Hugh McKillop, conoció muy pronto lo dura que es la vida, sobre todo para alguien que empieza tan pronto a trabajar como minero. A los 20 años se casó con Annie Wilson y, por la falta de perspectivas en su tierra, decidió emigrar a Canadá. Sin embargo, al cabo de un tiempo, sus raíces escocesas le tiraban tanto que decidió regresar a su pueblo. Tuvieron cinco hijos y Tom, el más pequeño, dice de su padre que “desde ese momento se dedicó a darnos una buena educación”.
 
“No éramos ricos materialmente –continúa- pero intelectualmente sí que lo éramos. La casa siempre estaba llena de libros. Mi padre nunca tuvo la posibilidad de recibir una educación, pero dedicó su vida a asegurarse que sus hijos salieran adelante”. Y todos ellos lo hicieron. Uno de sus hermanos, Alexander, que al igual que Tom también estudió química, fue profesor de química orgánica en la universidad de East Anglia de 1970 a 1996; otro de sus hermanos fue director de producción en Aston Martin; otro asistente social, y la única hermana fue matemática y física.
 
De su colegio, el Irvine Royal Academy, pasó a la Universidad de Glasgow, donde comenzó a estudiar matemáticas, aunque pronto las combinaría con la bioquímica. “Le di un verdadero disgusto a mi profesor de clásicas cuando elegí matemáticas y física. Le escribió a mis padres diciendo que era imperdonable que dejase el latín y el griego”, comenta.
 
Sus aficiones eran corrientes, la música, la lectura y el deporte, en especial el rugby que practicó y siguió con entusiasmo durante su etapa universitaria. Como siempre tuvo una visión práctica de la vida, quizás por eso le ha gustado (más como afición que como profesión) la carpintería, pero lo que sí estuvo pudo dar un cambio radical a su vida fue su pasión por la aviación, ya que estuvo a punto estuvo de unirse a la RAF después de su graduación, aunque al final optó por la vida académica.
 
Aún no tenía claro cuál podía ser futuro y mucho menos pensar que algún día llegaría a ser el número uno de una de las mayores compañías farmacéuticas del mundo. “Nunca me he sentado a planificar mi carrera”, solía decir, añadiendo que “no tengo un camino trazado en mi carrera, sólo parto de la consideración de que el próximo trabajo debe ser divertido y suponer un reto”.
 
 
Acabada, pues, la carrera, se quedó en Glasgow para hacer el doctorado en química a través de un estudio de reordenamientos de iones de carbono y después se marchó a París para hacer un trabajo de post-doctorado en el Centro de Mecánica Ondulatoria, y su intención era regresar a la Universidad de Glasgow para dar clases. Su mujer Elizabeth Kettle,  por entonces embarazada del primero de sus tres hijos,  ya había encontrado casa para ellos en Glasgow, sin embargo Peter Doyle se cruzó en su camino.
 
Aprovechando que estaba en Glasgow para conocer a su nuevo jefe, decidió tomar una cerveza en el Rubaiyat, un conocido pub de aquella ciudad frecuentado por estudiantes, pero a quien se encontró aquél día fue Peter Doyle, por aquél entonces gerente de investigación del gigante británico de la química Imperial Chemical Industries (ICI). En el ambiente distendido de aquél pub, Doyle comenzó ensalzando las excelencias de trabajar en la industria, una idea que no entraba en los planteamientos de McKillop. “Sin embargo, Peter me hizo ver que era una tontería comenzar una carrera sin haber considerado antes todas las alternativas, y no había forma de cuestionar la lógica de su exposición”, reconoció.
 
Pocos días después, Doyle le envió un billete de avión y unos papeles con instrucciones para una entrevista en ICI. Después de pasar un día entero en el Centro de Investigación de Runcorn, en Chesire, quedó convencido y aceptó el trabajo. “Tuve que volver a París y decirle a mi mujer que en vez de a Glasgow nos trasladaríamos a Runcorn, que ni siquiera sabía dónde estaba”.
 
Sus primeros años en ICI, de 1969 a 1975 los pasó como científico investigador; en 1975 fue ascendido a jefe de Investigación de Productos Naturales en la división farmacéutica de este grupo químico, ICI Pharmaceuticals, ejerciendo este puesto –que suponía el paso de la química a la farmacia- hasta 1978. Otro salto importante se produjo ese último año cuando fue nombrado director de Investigación en la filial francesa de ICI. Dos años más tarde, en 1980 regresó al Reino Unido como director de Química de ICI Pharmaceuticals; cuatro años después, en 1984 lo ascendieron de nuevo, en esta ocasión a director general de investigación de esta misma división. Apenas había transcurrido un año cuando en 1985 lo nombraron director general de Desarrollo de la división farmacéutica, cargo que ocupó cuatro años. En 1989 lo nombraron director Técnico de ICI Pharmaceuticals y en 1993 lo pusieron al frente de la división farmacéutica, un puesto que hasta entonces había ocupado David Barnes, el cual pasaba a formar parte del comité ejecutivo del grupo que ya estaba trabajando en un cambio radical que tomaría forma muy poco después.
 
En ese mismo año de 1993 se produjo en la industria química y en el mundo empresarial, un hecho sin precedentes, al menos de estas dimensiones económicas. El Grupo químico ICI decidió dividirse en dos grupos independientes; uno agruparía los negocios de química básica (que seguiría llamándose ICI) y el otro agruparía los negocios de biociencia (productos farmacéuticos, agroquímicos y algunos negocios de especialidades químicas de alto valor añadido). Mientras los primeros negocios, la química básica, exigía poca investigación pero sí mucha producción para poder obtener beneficios, los segundos exigían una enorme inversión en investigación (no exenta de riesgos) para poder aportar nuevos productos que, de lograr el éxito, reportarían grandes beneficios por sus mayores márgenes comerciales. Dicho en otras palabras, mientras de los primeros había que vender muchas toneladas para ganar dinero, en los segundos había que invertir mucho dinero en I+D para poder obtener grandes beneficios con unos pocos gramos. Se trataba de formas de negocio contrapuestas, lo que justificaba tomar una decisión tan drástica.
 
Denis Henderson, máximo responsable entonces de ICI, fue quien lideró tan arriesgada decisión que, sin embargo, no tardó en demostrar a sus accionistas lo acertado de la apuesta. Henderson se jubiló y dejó ese legado que, en el caso del nuevo grupo que nacía con el nombre de Zéneca, estaría liderado interinamente por Sydney Lipworth como presidente y David Barnes como director ejecutivo del grupo.
 
Los máximos responsables de las tres divisiones que componían el recién nacido grupo Zéneca, era Tom McKillop como director ejecutivo de Zeneca Pharmaceuticals, Alan Pink, como director ejecutivo de Zeneca Agrochemiclas, y Jeremy Scudamore, como director ejecutivo de Zeneca Specialties. Cuando nació Zéneca, en 1993, Tom McKillop ya había desarrollado una larga carrera de 24 años en este grupo, algo bastante inusual para los grandes directivos de las compañías multinacionales.
 
Por mi parte, yo me había incorporado como Jefe de Publicidad a la división de agroquímicos de ICI en España que, en aquellos momentos (1983) estaba participada al 50 por ciento por la británica ICI y la española Zeltia. La voz cantante, sin embargo, la llevaba ICI y por eso en 1985 se cambió su nombre a ICI-Zeltia y poco después el cien por cien del accionariado pasó a manos de ICI.
 
En ICI-Zeltia comencé llevando el departamento de Publicidad pero, al desarrollar todo el plan de relanzamiento de la compañía en 1985 (que incluía cambio de nombre, de logotipo e implantación de un estilo corporativo propio) tuve que utilizar no sólo la “vía Publicidad” para dar a conocer todos estos cambios, sino también la “vía Prensa” que nunca se había empleado allí. Partía de cero y, como tal, empecé por construir una gran base de datos con los nombres, teléfonos y fax (entonces no existía el e-mail) de todos los medios de comunicación y de los periodistas responsables de la información empresarial y/o de carácter agrícola. A través de esa “vía Prensa” tendría que elaborar Notas de Prensa para hacerles llegar informaciones relativas a las actividades y cambios en la compañía, a organizar ruedas de prensa, gestionar entrevistas, etc. Instauré algo inédito hasta entonces en la compañía, un Gabinete de Prensa unipersonal, con la única ayuda de una secretaria, por lo que tenía que ocuparme personalmente de todo, empezando por escribir… que era lo que realmente más me gustaba y con lo que disfrutaba de verdad.
 
Me di cuenta que mi verdadera vocación estaba en el periodismo y, poco a poco, la parcela de comunicación e información periodística fue ganando terreno. Organicé numerosos actos informativos con periodistas, así como actividades de formación para las empresas del grupo en España como, por ejemplo, unas Jornadas de Comunicación, además de la creación e implantación de un Manual de Identidad Corporativa.
 
Cuando en 1993 se anunció el nacimiento de Zéneca, me incorporé a la división farmacéutica en España, justo en el momento en que dejaba de llamarse ICI-Farma para pasar a llamarse Zéneca Farma. Como responsable de Comunicación de esta filial farmacéutica, instauré también allí un Gabinete de Prensa que, con el tiempo, fue creciendo en actividad, personal y presupuesto.
 
Puse en marcha no sólo publicaciones corporativas que se alejaban de lo tradicional y se acercaban más a lo que son los periódicos que podemos comprar en cualquier quiosco (tanto en contenido, como en aspecto físico), sino que –cuando más adelante Internet comenzó a dominar el mundo- creé un diario digital, “AZprensa”, diferente a todo cuanto haya existido: Un diario digital de información sanitaria, editado por un laboratorio, en el que se ofrecen noticias de interés aunque sean de otros laboratorios competidores; este enfoque, más propio de un diario independiente que de un laboratorio farmacéutico, le dio ese plus de credibilidad que lo convirtió en el segundo diario de información sanitaria más leído de España. Por supuesto que las noticias de Zéneca aparecían en lugar destacado (no hacerlo así sería de tontos), pero iban rodeadas de otras noticias de diferentes aspectos del mundo sanitario, en un entorno similar al de cualquier diario independiente; no tenía ese “tufo” de publicidad y autobombo que siempre se gastan en todas las publicaciones (sean impresas o digitales) que editan las empresas de cualquier sector. Cuando nació Zéneca, en 1993, yo había desarrollado una carrera de 10 años en este grupo, aglutinando la comunicación de las empresas del mismo en España.
 
Fue a raíz del nacimiento de Zéneca y de mi incorporación como responsable de comunicación de Zéneca Farma cuando conocí personalmente a Tom McKillop y a partir de ese momento fueron muchas las ocasiones en que nos encontramos: viajes con periodistas, ruedas de prensa, resultados anuales de la compañía, congresos internacionales, reuniones de empresa, etc.
 
La primera vez que coincidimos fue al poco tiempo de incorporarme a Zéneca Farma, cuando desde la central de Londres nos invitaron a los responsables de comunicación de las filiales europeas para acudir a visitar el centro de investigación farmacéutica de Alderley Park, cerca de Manchester, acompañados de periodistas de nuestros respectivos países. Aquél fue mi primer viaje internacional con periodistas. Francisco Fernández (Diario Médico), Patricia Núñez (Expansión) y Toni Garganté (La Gaceta de los Negocios) fueron mis primeros invitados. Durante aquél viaje descubrimos el trato exquisito que los directivos de Zéneca daban a los periodistas, y no me refiero a las atenciones clásicas (comidas, hoteles, etc.) que eran normales; el trato exquisito radicaba en que siempre se mostraban dispuestos a ser entrevistados, a responder a todas las preguntas y a hacerlo con una sonrisa… bueno, y a lo más importante para un periodista: a darte informaciones de interés.
 
En el centro de investigación de Alderley Park, en donde trabajaban más de 3.000 empleados de este gigante farmacéutico, nos atendió Tom McKillop y pudimos comprobar que se trataba de una persona con amplios conocimientos y experiencia que, además, sabía comunicar con eficacia y se mostraba cercano y accesible cuando los periodistas le pedíamos declaraciones.
 
Cuando, una vez puesto en marcha el nuevo grupo, el presidente Sydeny Lipworth se jubiló, quedando ya como máximo responsable David Barnes, elogió la excelente labor profesional llevada a cabo por todo el staff de Zéneca y apuntó que “tanto David como Tom van a formar un equipo extraordinario”. Y así fue en todos los aspectos y más aún en el de la Comunicación que era el que me atañía personalmente.
 
Estaba claro que McKillop, con su amplia experiencia en la investigación y desarrollo y su dilatada trayectoria en el grupo, sabía perfectamente cómo hacer llegar un fármaco desde el tubo de ensayo hasta el mercado. Era plenamente consciente de que cada nueva molécula, compuesto, patente, etc., podía traducirse en miles de vidas salvadas. Por ello, se refería con frecuencia a Zoladex, uno de los fármacos de más éxito de la compañía, contra el cáncer de próstata, la enfermedad responsable de la muerte de su padre. Y al igual que este producto, otros muchos fármacos de vanguardia para tratar enfermedades cardiacas, respiratorias, migraña, cáncer de mama, etc.  Como señalaba McKillop: “son muy pocos los negocios en los que te puedes mirar al espejo y decir: Dios mío, me siento bien conmigo mismo”.
 
Con sus hijos ya crecidos, disfrutaba caminando junto a su esposa, jugando al golf o enfrentándose a un trozo de roble para realizar algún trabajo manual. La mayor de sus hijas había sido  madre,  la  otra  trabajaba  en  una  compañía  de  seguros, mientras que su hijo había preferido también la industria farmacéutica.
 
Nunca le gustó que le considerasen como un “adicto al trabajo”, aunque cada día a las siete de la mañana se dirigía con su Jaguar XKR y no solía regresar a su casa de Chesire hasta las siete de la tarde para cenar con su familia  y seguir leyendo y trabajando allí. “Sólo necesito dormir cuatro horas y media por la noche”, reconocía “y la mayoría del tiempo la paso trabajando”.
 
Como si lo hubiese estado haciendo toda la vida, afrontaba cada, día con la mayor naturalidad, el acoso de los flashes y las preguntas de los periodistas. De ser uno de los 250 científicos que trabajaban en el centro de investigación de Runcorn cuando se incorporó al grupo ICI, pasó a ser el actor principal en el nuevo escenario de esta compañía y la cara visible de la misma a nivel mundial.
 
Poco tiempo después de aquél primer encuentro yo había puesto en marcha la revista trimestral “NOTICIAS” en donde publicaba informaciones relativas a todas las empresas del grupo en España. Inauguré allí una sección titulada “En el punto de mira” en donde hacía un pequeño bombardeo de preguntas y respuestas rápidas sobre aspectos personales y profesionales de los entrevistados. David Barnes fue el primero y Tom McKillop el segundo que pasó por esa sección. Esta fue la entrevista:
 
¿Cuál es su mayor reto?
- Dirigir Zeneca Pharmaceuticals para que sus resultados estén por encima de la media de la industria.
 
¿Qué representa para usted la palabra “viajar”?
- Como alcanzar tu destino, el sentido de la vida.
 
¿Qué representa la I+D para una compañía farmacéutica?
- Lo mismo que la sangre para la vida.
 
¿Qué opinión le merecen los medicamentos genéricos?
- En su mejor expresión forman una simbiosis con las innovaciones de la industria; en la peor, son parásitos.
 
¿Considera suficiente la actual inversión de Zéneca en I+D?
- Suficiente, sí; pero siempre podríamos invertir más.
 
Le gustaría tener más tiempo para...
- Mi familia, leer y pensar.
 
¿Cuál piensa que será el mayor avance farmacológico de la próxima década?
- Los aspectos desconocidos del genoma humano.
 
¿Cuál ha sido su experiencia profesional más satisfactoria en estos últimos años?
- Los nuevos productos derivados de la investigación y la preparación de los lanzamientos.
 
¿Qué es lo que más le gusta en la vida?
- La satisfacción de lo conseguido después de un duro trabajo.
 
¿Y lo que menos?
- La pereza que provoca el fracaso.
 
¿Cuál es la mayor dificultad con que se ha encontrado al dirigir Zeneca Pharmaceuticals?
- Orquestar el cambio necesario a la velocidad precisa.
 
Los avances en investigación ¿son fruto de la genialidad de los científicos o el resultado del trabajo en equipo?
- Ambos. Las ideas brillantes necesitan ser llevadas a cabo por un equipo creativo y eficiente.
 
¿Qué es lo que más le gusta de España?
- Hay tanto que me gusta: la arquitectura, el paisaje, el clima... pero, sobre todo, me gusta la gente.
 
¿Cómo se podría reducir el proceso de registro de un nuevo fármaco?
- Mediante un diseño más complejo de los programas, un manejo paralelo de más actividades y una reducción en la burocracia de las autoridades competentes.
 
¿Cuál es su hobby favorito?
- La música.
 
¿Tienen futuro en Europa las empresas de gestión sanitaria como Salick en Estados Unidos?
- Con el tiempo quizá, pero necesitan ajustarse a las necesidades de cada país.
 
¿Cuál cree que será el mayor cambio de la industria farmacéutica europea durante estos próximos años?
- El impacto del “valor del dinero” con la aparición de poderosos grupos de compra, el poder de los pacientes, la economía de la salud, etc.
 
¿Qué le hubiera gustado ser, realmente?
- Un académico, tal vez un matemático o un filósofo.
 
Después de esta entrevista fueron muchas las ocasiones que coincidí con él, sobre todo cuando se ofrecía –siempre voluntario y con la mejor disposición- a ser entrevistado por periodistas a través de las entrevistas individuales o ruedas de prensa que le organizaba cuando se desplazaba a España o cuando acogía en su sede central, todos los años, a periodistas de todo el mundo para que estuviesen presentes en la presentación de los resultados financieros anuales. En tal ocasión, se ofrecía a los periodistas extranjeros una cena especial en los más insólitos escenarios: The Tower Bridge (justo en la pasarela que une las dos torres de sujeción del puente que es conocido simplemente como “El puente de Londres”), la Torre de Londres (con visita privada a las joyas de la corona británica),  Spencer House (la casa de los padres de Diana de Gales), el edificio de la Bolsa de Londres, o el museo Apsley House (en el mismo salón en donde se celebró la victoria en la batalla de Waterloo). Encuentros inolvidables en los que siempre se mostró cercano, entrañable y accesible, como uno más del grupo. Cenar, como en Apsley House, rodeado de cuadros de Velázquez, Brueguel, Tiziano, Rubens, Van Dick, etc., era algo inolvidable (muy pocas compañías consiguieron permiso para organizar un acto semejante y aquella fue, por cierto, la última vez que alguien pudo organizar una cena en tan exclusivo marco), pero más inolvidable aún era la sencillez de aquél hombre que pasó a dirigir la nueva Zeneca Pharmaceuticals y más tarde el grupo de biociencia Zéneca que daría lugar poco después al nacimiento del gigante farmacéutico AstraZéneca.
 
En aquellas cenas con periodistas de todo el mundo, por ejemplo, se repartía a los comensales en diversas mesas y en cada una de ellas se sentaba uno de los miembros del Comité Ejecutivo de la compañía. Pero tanto McKillop como los demás miembros de dicho comité no permanecían mucho tiempo en su sitio: al finalizar cada uno de los platos, cada uno de los directivos cogía su copa y su servilleta e intercambiaba el sitio con otro de los directivos. De esta forma se brindaba a los periodistas asistentes la posibilidad de que a lo largo de la cena hubiesen tenido como vecino a varios de los miembros de la cúpula de la compañía.
 
En las conversaciones informales durante las cenas no rehuían ninguna de las preguntas que pudiera formular cualquier periodista y el mismo McKillop se mostraba siempre interesado por los asuntos cercanos a cada periodista, bromeaba con ellos y mostraba siempre un gran respeto como, por ejemplo, hablando despacio y de forma clara cuando detectaba que alguno de los comensales no dominaba el inglés.
 
Bajo la presidencia de David Barnes y la dirección del negocio farmacéutico a cargo de Tom McKillop comprendimos muy pronto que Zéneca no iba a ser una empresa cualquiera, sino una empresa en donde todo el mundo querría trabajar por el trato humano, por las facilidades para el desarrollo profesional, y por sus principios y valores que transmitió a todos los empleados (después pudimos comprobar que no se trataba sólo de “palabras” sino también de “hechos”):
 

Misión y valores de la compañía

La misión de Zéneca es alcanzar permanentemente el éxito, al aportar productos y servicios especializados que contribuyan a mejorar la salud, nutrición y calidad de vida de las personas.

 

Para conseguir esta meta nos regiremos por los siguientes valores:

Orientación al cliente.- Permaneceremos atentos a las necesidades de los clientes y responderemos con rapidez y flexibilidad, mostrando siempre una actitud positiva.

 

Innovación.- Seremos siempre innovadores para reaccionar ante los cambios que se producen en el mundo de los negocios, convirtiendo las nuevas ideas en productos eficaces y rentables.

 

Desarrollo personal.- Animaremos continuamente a todos los empleados para que pongan en práctica nuevas ideas, desarrollen sus habilidades y compartan sus experiencias.

 

Estándares éticos.- Mantendremos elevados estándares éticos y profesionales; seremos francos, honestos, positivos, constructivos y dignos merecedores de confianza y respeto en todas nuestras actividades.

 

Responsabilidades sociales.- Allí donde trabajemos, seremos considerados un miembro responsable de la Comunidad.

 

Creación de riqueza.- Crearemos riqueza, tanto a corto como a largo plazo, para mejorar el valor de la inversión de nuestros accionistas, y poder legar una compañía vibrante y de éxito a las futuras generaciones.

 
Como podemos ver por el cuadro anterior, se hablaba de ser francos y a fuer que lo eran: no escondían, sino que proclamaban, que uno de sus objetivos principales era reportar beneficios a los accionistas, que para eso son quienes han arriesgado su dinero en esta empresa. Sin embargo no se limitaban a eso sino que buscaban crear riqueza para todos y hacerlo de una manera ética y socialmente responsable; eso de ser considerado como “un buen vecino” de la comunidad en donde estén implantados fue uno de los aspectos que siempre destacó McKillop.
 
Por otra parte, se puso un especial énfasis en los empleados como seres humanos y como profesionales cualificados, especificando que la empresa les facilitaría formación continua y, lo que resulta poco usual en las empresas: animarlos para que pusiesen en práctica nuevas ideas, esto es, incentivar la toma de decisiones y la asunción de riesgos sin que el eventual fracaso se penalizase.
 
Finalmente, se dejaba bien clara la orientación al cliente, exigiendo que se escuchase y atendiesen sus necesidades pero no de cualquier forma, sino de una manera rápida y flexible y con una actitud positiva.
 
Esto era por lo que se refería a la misión y valores de la compañía, tal como la deseaba McKillop, pero también se hicieron llegar a todos los empleados cuáles serían los principios y valores de la política de empleo:
 
 

Principios y valores de la política de empleo

Los empleados son un activo intelectual básico para la compañía.- El éxito de Zéneca dependerá del grado en que se sepa sacar provecho de los conocimientos, habilidades y capacidad inventiva de su personal. Los empleados deben desarrollarse continuamente y aprovechar todas las oportunidades brindadas para compartir sus conocimientos y experiencias sin temor a traspasar las barreras tradicionales.

 

Los empleados son los embajadores de la compañía.- La reputación de Zéneca por sus altos estándares éticos y profesionales depende de las acciones y comportamiento de sus empleados. Tanto a nivel interno como externo, todos debemos ser francos y honestos, positivos y dignos merecedores de confianza y respeto.

 

Zéneca y sus empleados tienen responsabilidades y expectativas recíprocas.- Zéneca espera que sus empleados empleen su talento para alcanzar los objetivos del negocio. Por su parte, los empelados podrán esperar ser tratados con ecuanimidad, dignidad, respeto y que sus necesidades sean tenidas en cuenta.

 

Los principios comunes de la política de empleo se aplicarán en todo el grupo.- Los siguientes principios se deberán aplicar en todos los negocios y territorios; la puesta en práctica específica dependerá de las exigencias y culturas locales:

-           Un ambiente de trabajo saludable y seguro.

-           Remuneración competitiva, recompensando el alto rendimiento.

-           Igualdad de oportunidades para todos.

-           Oportunidades de información y consulta sobre el trabajo.

-           Valoración del desempeño realizada en un clima de diálogo y con propósito de mejora.

-           Oportunidades para que cada individuo desarrolle sus habilidades.

-           Oportunidades para que todos utilicen su talento y habilidades.

-           Estímulo para discutir y aprender tanto de los aciertos como de los errores.

-           Estímulo para hablar abierta y honestamente.

-           Confianza y orgullo en uno mismo y en Zéneca.

 
Como podemos ver, la política de empleo seguía las directrices marcadas en la misión y valores. El empleado se considera el activo más importante de la compañía, al que hay que dar formación permanente, hay que animarle a que asuma riesgos y tome decisiones aunque se equivoque en cuyo caso no será penalizado; hay que pagarle en la franja más alta del sector y además hay que recompensarlo adicionalmente en función de los objetivos que haya conseguido o superado y dichos objetivos y valoración habrán sido puestos de común acuerdo; se exigía a la compañía ser transparente y facilitar a los empleados toda la información que necesitasen; los empleados no debían ser entes aislados sino que todos tenían que formar un equipo y debían compartir sus conocimientos y sus logros; se consideraba que todos –tanto empleados como directivos- formaban un mismo equipo y por lo tanto habrían de tratarse unos a otros como iguales; todo lo que la empresa exigiese a sus empleados, eso mismo podían los empleados exigir a la empresa.
 
Se hablaba, por supuesto, de igualdad de oportunidades sin discriminación de ningún tipo, de condiciones de trabajo no sólo seguras sino también agradables, para que el hecho de acudir al trabajo fuera gratificante para los empleados; y se hablaba de ética y de dar ejemplo con un comportamiento intachable.
 
Quedaba bien claro, pues, que para el éxito de la empresa había que elegir a profesionales de primera línea, pagarles como a los mejores del sector en cada puesto, darles formación continua y todas las herramientas necesarias para hacer su trabajo y recompensar la iniciativa y la toma de decisiones.
 
Y había una palabra inglesa que se utilizaba con cierta frecuencia para ciertas cosas como las anteriores: “mandatory”, esto es, de obligado cumplimiento para todas las empresas del grupo y todos los países. Este mismo espíritu que se implantó en Zéneca sería más tarde trasladado a la nueva AstraZéneca y durante todo el mandato de McKillop al frente de las mismas, puedo dar fe que se cumplió.
 
Tom McKillop trabajaba en un precioso edificio en el centro de Londres, junto a Hyde Park, en la calle Stanhope gate. En esa sede central estaba también el departamento de comunicación, al que llamaban Public Affairs. Al frente del mismo estaba Chris Major y su equipo lo formaban Steve Brown (medios de comunicación), Sally Shackleton (publicidad corporativa) y Karen Lottin (secretaria). Allí acudí muchas veces a reuniones para recabar información y compartir conocimientos y experiencias y, aprovechando lo privilegiado de su situación, lo utilicé también para organizar allí algunas reuniones con periodistas españoles, por ejemplo, para dar sesiones de formación sobre algún tipo de cáncer sobre el que estuviésemos investigando y trasladarles los avances en este sentido.
 
Pero también McKillop, como flamante máximo responsable dela división farmacéutica, viajó a España en el verano de 1997 para celebrar con nosotros que la filial española, Zéneca Farma, había alcanzado los 10.000 millones de pesetas en ventas acumuladas en los últimos doce meses. Para conmemorar tal acontecimiento se había organizado una gran reunión con todos los empleados en la isla de La Toja, cerca de la fábrica que Zéneca Farma tenía en Galicia en la localidad de Porriño (Pontevedra). Como en la práctica todo el trabajo de organización correspondía a los directivos y mandos de la fábrica por razones de proximidad, se decidió dar a esta reunión un nombre en gallego y la bautizamos como “Xuntanza 10.000”. Hay que aclarar que en términos empresariales –en aquella época- atravesar la barrera de los 10.000 millones de pesetas suponía para una empresa alcanzar su mayoría  de edad, pasar de ser una “mediana empresa” a ser una “gran empresa”. Y en el sector farmacéutico significaba entrar a formar parte de ese 10 por ciento de compañías que facturaban más de 10.000 millones de pesetas anuales.
 
En una gran sala de reuniones nos congregamos todos los empleados y el cuadro directivo lanzó los clásicos saludos, arengas motivacionales y agradecimientos. Pero no era aquél un momento de hablar de ventas ni de presupuestos ni de objetivos, sólo de celebración por lo conseguido. Así que rápidamente se pasó a la parte lúdica en los exteriores del hotel, pero antes, yo le tenía preparado a McKillop un encuentro con  periodistas españoles. Estaba claro que tener al máximo responsable internacional del grupo en Galicia (sede de la fábrica que daba empleo y trabajo –tanto de forma directa como indirecta- a muchos vecinos), era una oportunidad única para que los periodistas lo abordaran y le preguntasen todo cuanto quisieran. Él se mostró dispuesto y amable como siempre y respondió de forma directa y franca a todas las preguntas.
 
Vino después la parte lúdica con un aperitivo y comida servido al aire libre (el buen tiempo se sumó a la celebración) en un precioso jardín. Tras la comida, la música amenizó la sobremesa y algunos se animaron a bailar. En ese ambiente festivo, McKillop, que había viajado con su mujer, se sumó al grupo y salió a bailar, primero con ella y más tarde fue alternando con algunas compañeras de la empresa que se atrevieron a pedírselo, pero él se comportó todo el tiempo como un empleado más que se lo pasa bien con sus amigos. Demostró que allí no era el CEO de Zéneca sino un compañero más de la empresa.
 
Las ventas del grupo Zéneca, por aquél entonces eran del orden de 1,3 billones de pesetas a nivel mundial y las ventas totales del grupo en España superaban los 32.000 millones de pesetas. Estas cifras, correspondientes al año 1997 nos dan una idea de la dimensión tan importante que había adquirido este grupo:
 

 

Millones pts.

+.%

Pharmaceuticals

649.000

+5

Salick Healthcare

30.000

+10

Agrochemicals

413.000

-10

Specialties

224.000

-14

Otros

-2.000

-

TOTAL

1.314.000

-3

 
No era fácil dirigir un grupo de este nivel y con el potencial (nuevos productos en investigación) que atesoraba. La división Pharmaceuticals era la joya de la corona, y McKillop la conocía bien, aunque aún le faltaba un poco para llegar a dirigir el grupo por lo que su presidente David Barnes decidió retrasar un año su jubilación antes de dejarle paso hasta la cima. Se llegó así al tan esperado momento de la primera gran reunión con periodistas de todo el mundo para presentar los resultados anuales y allí acudí con un grupo de periodistas españoles.
 
El 5 de marzo de 1998 se celebró en Londres una multitudinaria rueda de prensa, con más de 60 periodistas procedentes de todo el mundo y, entre ellos, un grupo de cuatro periodistas españoles a quienes había invitado para cubrir dicha información: los resultados anuales del grupo Zéneca.
 
Las ventas ese último año habían alcanzado la cifra de 1,3 billones de pesetas, mostrándose como una compañía sólida y con futuro, y sin embargo… los rumores de protagonizar alguna fusión o ser comprada por otra compañía, flotaban en el aire; en realidad, durante los últimos meses la prensa económica no paraba de especular sobre las posibles parejas para dicha fusión.
 
Pero el comité de dirección, encabezado por David Barnes lo tenía muy claro. En declaraciones a mi revista “NOTICIAS” (una revista trimestral que edité desde 1996 hasta 1999, con noticias de todo el grupo Zéneca), Barnes dijo que “lo que más valoran los accionistas es un crecimiento fuerte y sostenido” y en este sentido “los resultados de Zéneca han sido considerablemente mejores que los de SmithKline Beecham y Glaxo”. Nos explicó muy claramente que las expectativas de Zéneca para el futuro eran inmejorables, con una amplia cartera de nuevos productos (87 proyectos de investigación y 35 nuevos productos en marcha) y constantes inversiones en cada uno de los negocios. “Duermo perfectamente y sin ningún tipo de pesadillas”, nos dijo con una amplia sonrisa puesto que veía a este grupo con la suficiente solidez y confianza de sus accionistas como para continuar su camino en solitario.
 
En la rueda de prensa y, tras la intervención de Barnes, fueron hablando el director financiero, Jon Symonds y los tres máximos responsables de cada una de las tres grandes divisiones. El primero de los tres en subir al estrado fue McKillop y aquella era la primera vez que intervenía en esta conferencia anual puesto que hacía pocos meses que se había incorporado como miembro del comité ejecutivo. Durante su intervención fue repasando los resultados de ventas alcanzados por cada uno de los principales productos destacando algunas de sus características principales.
 
Cuando finalizó la conferencia, todos compartíamos un aperitivo, formándose los habituales corrillos de periodistas en torno a cada uno de los directivos. Cuando a McKillop le llegó el turno de estar rodeado por los periodistas españoles, estos no dudaron en preguntarle lo que ya le habrían preguntado miles de veces: ¿qué hay de los rumores de fusión? En su respuesta nos dejó bien clara su opinión al respecto, explicándonos que la clave del éxito está en una buena orientación de la investigación y unos recursos adecuados, que la simple unión de compañías no garantiza ni mucho menos  que vayan a aumentar en la misma proporción los descubrimientos de nuevos fármacos.
 
Al llegar la hora de la despedida (aunque pocas horas más tarde coincidiríamos de nuevo en una cena especial entre periodistas y cuadro directivo) David Barnes se fue despidiendo de los responsables de comunicación de las diversas filiales y cuando se acercó a mí me preguntó en privado qué me había parecido la intervención de McKillop, ya que este había sido su debut en una conferencia anual de presentación de resultados económicos anuales. Le respondí la verdad y le dije que me había parecido un buen comunicador y que había hecho una presentación sólida aunque quizás con demasiados tecnicismos. Barnes asintió al tiempo que añadía: “pero aprende rápido”. ¡Y tanto que aprendió, porque apenas unos meses después pasó a ocupar el puesto número uno de Zéneca!
 
Poco después de aquella conferencia de prensa para presentar los resultados económicos anuales, se celebró en Londres la junta anual de accionistas. En ella, el presidente del grupo, Sydney Lipworth, anunció que en el plazo de un año él se jubilaría, dejando la presidencia en manos de David Barnes. El puesto de Barnes, el de dirctor ejecutivo o CEO del grupo, lo ocuparía Tom McKillop, y su puesto al frente de Pharmaceuticals lo ocuparía Michael O’Brian.
 
El futuro de Zéneca no pasaba sólo por los descubrimientos de su I+D sino también por una fructífera política de acuerdos con otras compañías. Uno de aquellos primeros acuerdos fue con la compañía japonesa Shionogi a la que compró los derechos de desarrollo y comercialización de un prometedor hipolipemiante, inicialmente conocido como “ZD4522” y que finalmente –y tras muchos avatares- llegaría al mercado con el nombre comercial de Crestor (rosubastatina).
 
Con motivo de este acuerdo, McKillop comentó que “este nuevo producto representa una excelente oportunidad para fortalecer nuestra línea cardiovascular. ZD4522 contribuirá de forma importante al crecimiento de nuestros productos para atención primaria a comienzos del próximo siglo y representa una de las prioridades que nos hemos fijado”.
 
Dicho acuerdo dejaba bien clara cuál iba a ser la política de la compañía: “Este es el primer acuerdo internacional entre ambas compañías, sin embargo estamos abiertos para ofrecerles toda nuestra capacidad y experiencia en el desarrollo y comercialización de fármacos a nivel mundial para llevar al éxito los futuros descubrimientos de Shionogi”.
 
Desde el nacimiento de Zéneca como grupo independiente en 1993 habían pasado ya cinco años de crecimiento sostenido. Lo que en principio era un grupo de biociencia pronto se transformó en un grupo exclusivamente farmacéutico al desprenderse sucesivamente del negocio de los negocios de especialidades químicas y agroquímicos. El primero, Zeneca Specialties fue desprendiéndose poco a poco de algunos de sus negocios hasta que finalmente el más importante de ellos, Zeneca Resins fue adquirido por dos grupos privados, Cinven e Investcorp para dar lugar al grupo internacional Avecia. Por lo que se refiere a Zeneca Agrochemicals se fusionó con Novartis (aunque en esta ocasión no fue al 50 por ciento sino que aquí el porcentaje mayoritario correspondió a Novartis) para dar lugar a la mayor compañía de agroquímicos del mundo: Syngenta.
 
El crecimiento de Zéneca como grupo farmacéutico se había basado en un equipo humano fuertemente motivado, una inversión creciente y exitosa en I+D y una política de acuerdos con otras compañías para incorporar a su catálogo de productos nuevos y prometedores fármacos descubiertos por otras compañías farmacéuticas.
 
Lo que no había desaparecido en todo ese tiempo habían sido los rumores periódicos de venta o de fusión. Casi todos los grandes laboratorios del mercado farmacéutico mundial habían saltado a las páginas de los periódicos como futuras “novias” de Zéneca para una fusión o incluso para una compra. Y sin embargo en diciembre de 1998 los rumores se convirtieron en realidad y la “novia” resultó ser la más inesperada, una que nunca había entrado en las quinielas: la sueca Astra.