lunes, 11 de marzo de 2024

Las rodillas también hablan

Hay quien habla por los codos, pero también hay otras partes del cuerpo que hablan por sí mismas. En este caso, el relato corto de hoy, fueron las rodillas de Marisa las que hablaron…
 
ME LO HAN DICHO TUS RODILLAS
 
Marisa estaba sentada en un sofá vacío. Frente a ella una mesa con bebidas. Tenue la música como fondo que incita al descanso, una tibia luz roja y difusa bañando los cuerpos, un aire tal vez enrarecido por el humo de los cigarrillos pero no por eso carente de un perfume de fiesta. Todo era limpio, fresco, aun cuando pudiera parecer lo contrario a quien penetrase en este espacio por primera vez.
 
Una sombra, un cuerpo, Miguel se acercó a la mesa. Miraron por un instante sus ojos y relucieron de alegría. Después tomó asiento junto a ella. Al principio, contraídos los músculos por la alegría del encuentro, no acertaron a pronunciar palabra. Miraban fijamente sus ojos viéndose en ellos como antaño. Continuaban inmóviles. En sus cerebros trabajaban afanosamente las células de la memoria tratando de reconstruir quizás el último encuentro. ¿Cuánto tiempo hacía de aquello? ¿Qué había sido de ellos en esos meses de ausencia? ¿Cómo se había producido aquél inusitado reencuentro? ¿Cuánto? ¿Qué? ¿Cómo? Impulsados por estos interrogantes y serenados ya un poco, lograron por fin hablar.
- ¿Qué tal estás? –dijo Miguel, viendo en la amplia sonrisa de Marisa su respuesta- No sabes cómo me alegra volver a encontrarte. Tenía tantas ganas de verte...
- También a mí me llena de alegría volver a verte. He pensado mucho en ti –respondió Marisa.
Al fin sintieron en sus oídos aquellas voces ajenas que sonaban como algo propio. Tenían, tal vez, un sabor a recuerdo.
Miguel deslizó su brazo sobre el hombro de Marisa y así, unidos, continuaron hablando. Al mismo tiempo, recorrían con la mirada sus cuerpos, redescubriendo aquellos matices, aquellos recuerdos pertenecientes al pasado, que ahora volvían a leer.
- Me sentía muy solo sin ti. Te he necesitado mucho. Me diste la mejor parte de todos mis recuerdos –dijo Miguel.
- Recuerdos –meditaba Marisa- ¿Te acuerdas de todo?... Aquellos momentos que me enseñaste a vivir... No sé cómo explicarte todas las sensaciones que se acumulan en mi interior.
- Has representado mucho en mi vida, quizás demasiado para tan poco tiempo. ¿Qué pasó después? ¿Recuerdas todas nuestras tardes, aquellas que pasamos en un ambiente como este? Antaño éramos los reyes, los dueños; hoy, sin embargo, somos tan solo una pieza más del engranaje –dijo Miguel, revelando sus más íntimos pensamientos.
 
Ya estaba hecha la presentación. Ya estaba rota aquella capa de escarcha que separaba el hoy de los recuerdos. Miguel cogió la mano de Marisa y la acarició. Sintió desvanecerse sus dedos al contacto con aquella piel en la que un día resucitó su espíritu. Tiró lentamente de ella y pronto estuvieron bailando en el mismo mundo de antaño. ¡Qué lejos sentía volar sus sentimientos! Respiraba una felicidad que se había expandido a su alrededor borrando cualquier otro signo que no fueran ellos mismos. Estaba allí solos los dos, de nuevo. Sus pies se deslizaron parejos, libres de toda opresión contra el suelo. Sus corazones latían al unísono, como pertenecientes a un mismo cuerpo. Sus mejillas, calientes de espíritu, se abrigaban con sus cabellos. Deseaban más que nada sentirse unidos, sentirse enteros.
 
Después de unos instantes no medibles, regresaron al presente. Continuaban mirándose, como tratando de descubrir algo que flotaba en el ambiente y no acertaban a comprender qué podía ser. Pero lo notaban; efectivamente existía algo, y ese algo era la razón de aquél inesperado encuentro.
 
De pronto, la vista de Miguel se posó en las rodillas de Marisa. Las miró unos instantes y como si estuviese leyendo en ellas, se estremeció.
- Me lo han dicho tus rodillas –susurró al oído de Marisa.
Ella, instintivamente, se las miró también y no acertaba a comprender.
- ¿Cómo las ves? –interrogó a Miguel.
- Están llenas, radiantes, ágiles... pero están inquietas.
- ¿A qué te refieres? –trató de concretar Marisa, que ya comenzaba a entrever el misterio de aquella tarde fuera del tiempo.
Miguel meditaba. Miró otra vez las rodillas de Marisa y después sus ojos.
- Cada una de las células de nuestro cuerpo siente al unísono con él. Si es así ¿qué no van a expresar estas rodillas que me gritan a su manera? Míralas, están como la última vez que las vi, como yo las quería. Como ves, son tus rodillas... que ya no son mías –dijo, al fin, quedando abatido.
- No digas eso, estas son “tus” rodillas, las que tú quieres. Son tuyas y son para ti –respondió Marisa, apresuradamente, aunque al fin había comprendido todo.
- Mira ahora tus ojos, reflejados en los míos, y dime si no es verdad esta distancia que respiro. Pero ¿qué es lo que te ha impulsado a venir aquí esta tarde? ¿Qué soy para ti? –preguntó Miguel con ansiedad.
- Yo te amo –dijo Marisa.
- Eso no es cierto –cortó Miguel.
- Yo te amo, pero no con las tres letras que componen la palabra, sino mucho más. Eres todo para mí. Te amo como novio, te aprecio como amigo, te quiero como a un hijo, te respeto como a un padre... todo, eres todo para mí –dijo Marisa.
- Luego entonces... no soy nada –trató de resumir Miguel, mientras sentía cómo su ánimo caía vertiginosamente.
- Tampoco es eso, pero... soy incapaz de definirte. Estás fuera del tiempo. Eres como un oasis, como una ráfaga de brisa que nos sorprenden un día de calma. Eres algo y mucho, pero... no eres de aquí, no eres como los demás –dijo Marisa.
- Tienes razón. Y sin embargo me cuesta hacerme a la idea. ¡Cuánto quisiera ser menos pero ser de aquí! Déjalo, no te preocupes, te comprendo y no te lo reprocho.
 
La conversación paró un instante. Parecía como si ya todo estuviese dicho; sin embargo aún permanecían allí. Ese misterio estaba esclarecido. ¿Qué hacer entonces? Ambos habían experimentado una nueva sensación que sus cerebros no acertaban a catalogar; por eso permanecían estáticos.
- ¿Qué nos queda por hacer? –preguntó Miguel, quien no soportaba por más tiempo aquella incertidumbre.
- No existe nada ni nadie que nos lo pueda decir. ¿No será mejor dejar esta tarde aquí? Sin saber por qué nos hemos encontrado y hemos sentido algo sin nombre, algo que no podemos definir con palabras –dijo Marisa.
- Es verdad, tus rodillas revelaron como espejo algo nuevo, sin conocer. Hemos sido felices esta tarde como tantas otras. Paremos aquí, despidámonos ya y esperemos... –añadió Miguel a modo de despedida.
- Será mejor, sin hacer nada, esperar una nueva tarde de amor sin nombre para nuestros cuerpos.
 

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domingo, 10 de marzo de 2024

Amor y atracción

Así lo titulé, “Amor de centros”, a este relato escrito en mi temprana juventud. A pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo uno de mis relatos cortos favoritos…
 
AMOR DE CENTROS
 
Poco a poco fue naciendo... imperceptiblemente. Todos los órganos se habían vuelto independientes: tiraban en todos los sentidos. Mas aún era pronto, y escapaba de la consciencia aquella extraña maraña de atracciones.
-Un hombre nos separa ¿o tal vez nos une? -se preguntaban a menudo.
-Nuestro cuerpo está formado por átomos, los cuales tienen cargas positivas y negativas. Estos átomos poseen una carga determinada de atracción. Cuando los átomos de un cuerpo se encuentran con los de otro cuerpo que los complementan, se enamoran. Ese es el único amor: el amor de átomos, el amor de centros –decía Miguel.
- ¡Cuántas verdades hay en el mundo! ¿Será verdad el amor de átomos? Posiblemente sí. Entonces ¿Cómo explicar esta dispersión que noto en mi cuerpo? –preguntaba Ana.
- Un cuerpo se interpone entre nosotros. ¿Tendremos los dos la misma carga? De ser así ¿cuál podrá verse compensado? –reflexionaba Miguel.
 
Los dos, Ana y Miguel, sentían cómo sus moléculas les estiraban los músculos; se encontraban insatisfechos, inquietos de cuanto les rodeaba. ¡Ay! tremenda lucha. ¿Qué hacer? Sin embargo él nada podía hacer y nada haría. ¿Por qué? Acaso fuese una rebelión, un castigo sobre ese cuerpo que intentaba traicionar sus ideas; un castigo sobre esas ideas que intentaban traicionar sus principios.
 
Ana se hallaba aún más turbada. Necesitaba dar, entregarse más allá del límite de sus fuerzas. Pero dos fuerzas ajenas a su cuerpo interferían el natural metabolismo psíquico y no la dejaban descansar. “Miguel me necesita más. ¿Qué debo hacer? ¿A cuál de los dos debo entregarme?”. Sin embargo ya estaba rota su razón cerebral y vagaba lejos, al impulso de sus átomos; volaba en dispersión. Y cansada ya, dejarse llevar, dejarse guiar; no hay otro remedio. ¿Por qué no ha de ser la mejor solución?
 
Y la tarde, siempre fecunda en todos los aspectos, habría de verse envuelta en la resolución de esas inquietudes. La tarde del día, la tarde de la vida; siempre tarde para aquél que empieza.
 
Se habían dado cuenta del valor de los sentimientos ajenos. Ya no les valía de nada fingir, disimular unos hechos a todos evidentes.
- Yo siento tu atracción. Tal vez no debiera ser así, pero ¿qué hacer si no? Tenemos cerrado el camino, no existe ninguna otra solución. Van a reventar nuestros cerebros. Desde que, sin querer, tuvimos el primer contacto, quedó rota nuestra razón. Ámame, deja que nuestros átomos se amen.
Estas palabras, dichas por ambos, habían rasgado el tiempo sorprendiendo a cuantos les rodeaban. Sólo preguntas surgían en las mentes de los testigos de aquella insospechada revelación. Todas las barreras, construidas laboriosamente año tras año, en un momento habían sucumbido. “No existen ya valores fijos”, se habían dicho los testigos, aún sin salir de su parálisis.
 
Mas así como habían caído las barreras, así escaparon de aquél ambiente de miradas; miraron a sus propios cuerpos; escaparon al mundo de sus primeros sueños.
Miguel, apenas serenado, trataba de emitir palabras que sus labios le negaban: “Ya estamos solos; solo nos queda unirnos”.
Ana, también sobrecogida, miraba aquél nuevo cuerpo que, sin hacer nada, fue capaz de romper todo su pasado. “Soy tuya”, dijo tan sólo.
 
Con la timidez pura de un primer contacto, la vida estallaba ante sus ojos. Sus labios, inmóviles, se dejaban arrastrar. Las manos, olvidadas, flotaban lejos, en otros espacios. Se unieron. Se alejaron.
- Es otro aire este que respiramos. No sé qué decir, sólo se sentir.
Así, durante unos espacios fuera del tiempo, unieron sus labios en un primer abrazo de sus cuerpos. Los átomos veían así cumplidos todos sus deseos. Esa felicidad que ahora sentían superaba cuanto habían podido imaginar. No existía ninguna fuerza que pudiera separar aquello que ya estaba unido. Derramaron lágrimas blancas de amor sobre cada una de las moléculas de sus cuerpos. Los cabellos, perdidos en el espacio, sirvieron de tibia almohada para todos sus deseos. Así, despacio, sintieron deslizarse sus cuerpos, fundirse con la nada. Y ellos dos, allí aunados en sí y separados de todo, eran el embrión de un amor que al fin se realizaba. Al cabo hubo una pausa, un vacío que se abría...
- Tú no sabes amarme –suspiró Ana.
- Pero te amo –un poco triste, interpeló Miguel.
De nuevo se miraron, se vieron allí solos, despojados de todo y llenos. Así, con una nueva expresión, le respondió Ana:
- Si quieres, puedo enseñarte.
No hablaron más. Todo se había realizado y la tranquilidad dormía aquellos cuerpos mientras sus almas soñaban. ¡Ay, amor, amor de centros...!
 

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sábado, 9 de marzo de 2024

Amor, en una palabra

Este relato corto ha sido uno de mis favoritos porque consiguió despertar mi emoción según lo iba escribiendo. Aquí te lo dejo para que tú también lo vivas…
 
AMOR, POR ENCIMA DE TODO
 
Él era un joven de espíritu sensible, amable, amante de la naturaleza y del arte. Su pasión era dibujar y había entrado a trabajar, tan sólo hacía unos años, en una editorial, pero su oficina era su casa y su horario laboral cuatro horas diarias que dedicaba a realizar las ilustraciones que le encargaban en la editorial para todo tipo de libros. A veces le preguntaban el por qué no trabajaba más y así ganaría mucho más dinero, pero él respondía que para qué quería dinero si luego no tenía tiempo de disfrutarlo. Por eso amaba su trabajo, porque le gustaba, le daba el suficiente dinero para vivir y sobre todo, le dejaba tiempo libre.
 
Fue en ese tiempo libre y en sus jornadas de trekking por las montañas cuando la conoció a ella. Fue un flechazo a primera vista. Pero pronto comprendió que allá, en la montaña, ella le aventajaba. Siempre había creído ser un buen senderista y escalador, pero todo cambió cuando la conoció y comprobó que ella era una experta escaladora, que su vida era la montaña y la aventura. En aquél ambiente ella era quien marcaba el camino, quien llevaba la iniciativa, y quien debía esperar a que él, regazado, fuese recuperando el camino. Pero él nunca intentó disimular, ni hacerse el “macho”, sino que tomó aquello con deportividad y con humor, y ese humor, que hacía brotar en ella la risa a raudales, fue el que despertó también en ella el amor.
 
Comenzaron a salir y a conocerse más a fondo. Y pronto descubrió él que ella no era una simple aficionada a la naturaleza, sino una profesional del mundo de la aventura, a quien entrevistaban con frecuencia en los medios de comunicación, la invitaban a dar conferencias, le pedían colaboraciones escritas para diferentes revistas, le pedían que organizase viajes de aventura... y ese era su trabajo.
 
Ninguno de los dos había cumplido aún los 30 años. Los dos eran delgados y atléticos, ella con unas piernas más fuertes aún que las de él. Ambos compartían facciones agradables, mirada limpia y sonrisa fácil.
 
A pesar de todo, nadie conocía su relación, ni en el ámbito familiar, ni en el profesional. No es que quisiesen ocultar su relación, simplemente era que no la iban pregonando.
 
Un buen día, ella marchó a un viaje de aventura. Viajó con un grupo –en un viaje organizado por una cadena de televisión- al volcán Nyamuragira, en Tanzania, el volcán más activo de África. Él se quedó en España y durante días sólo el teléfono les permitió estar en contacto... hasta que el canal Cuatro de televisión anunció una conexión en directo con los expedicionarios. Él, más que nadie, estaba pendiente aquél día del televisor. Se vio a los miembros de la expedición trepar por las laderas de lava grisácea y humeante, mientras se acercaban a una gran grieta bajo la cual la lava roja brotaba a borbotones. Se alejaron un poco y continuaron la ascensión siguiendo la línea de aquella fractura y entonces, ella resbaló y apoyó la mano con todas sus fuerzas, para no caer por la pendiente, con tan mala fortuna que la mano se introdujo en una grieta en cuyo fondo la lava fundió al instante su carne. Los telespectadores que estaban viendo aquello en directo quedaron paralizados y a todos se les encogió el estómago al ver cómo volvía a sacar la mano (o lo que quedaba de ella) de la grieta, un amasijo de carne quemada. Pero ella no profirió ni un solo grito de dolor. Sus compañeros fueron a ayudarla y ella sacó de la mochila unas gasas y un líquido con el que limpió –retransmitido en directo- las enormes quemaduras, se vendó la mano... y continuó la ascensión. Sus compañeros se mostraban reacios a continuar tras lo sucedido pero ella insistió y finalmente accedieron a proseguir el camino.
 
Desde España, viendo en directo aquél accidente, él no pudo menos que coger en ese instante el teléfono y llamarla. Sonó el teléfono. Ella se llevó la mano sana al bolsillo y lo cogió. Las cámaras de televisión seguían filmando y retransmitiendo en directo estos acontecimientos.
 
Cuando ella escuchó su voz sonrió. “Ya sé que no es el mejor momento, pero estás en directo y acabo de verlo por televisión. ¿Cómo estás?”, le dijo él. “Pues sí, estoy bastante ocupada ahora –respondió ella sin perder la sonrisa- pero, tranquilo, está quemada pero todavía tengo mano”. “Piensa en ti, piensa en nosotros. Tienes que volver y hacer que te curen bien esa mano. No te hagas la héroe, no vale la pena”, le conminó él. “Está bien, no te preocupes, en cuanto los deje arriba, regresaré al campamento base para que me curen. Te quiero. Un beso”, se despidió ella.
 
Pero estaban en directo y toda la escena con los diálogos de ella, se emitieron en directo. Se supo así, en directo, que la heroína estaba enamorada. Había, pues, noticia: grave accidente de la popular guía y descubrimiento de que estaba enamorada.
 
A su regreso a España una decena de medios de comunicación la estaban esperando. Del aeropuerto fue directamente al hospital ya que en Tanzania tan solo le hicieron unas primeras curas de emergencia pero ahora necesitaría cirugía reconstructiva. Los periodistas preguntaban insistentemente de quién se había enamorado, pero ella simplemente respondía que no era nadie conocido y por tanto no debía tener mayor interés para ellos, pero sí que lo tenía. Aquélla relación, por tanto, no podría mantenerse en privado (que no oculta) mucho más tiempo, y ambos fueron conscientes de ello. Por eso aceleraron el proceso de maquetación y edición del libro que estaban preparando, escrito por ella, con algunas de sus vivencias más extremas, y con ilustraciones de él.
 
Conscientes de la expectación generada, y dispuestos a aprovechar ese tirón mediático, ella anunció una rueda de prensa para presentar su libro... y a la persona de quien se había enamorado. Y nadie sabía –ni siquiera los familiares más allegados- quién era él ni sospechaban que el autor de las ilustraciones del libro fuese la persona objeto infructuoso de todas sus pesquisas.
 
Cuando llegó la rueda de presentación, allí estaba él junto a ella. Él saludó primero a los padres y les habló, en privado, de su relación; estos le reprocharon lo hubiesen mantenido todo tan en secreto, pero “nuestra vida privada es nuestra”, interrumpió ella. Después, en el transcurso de la presentación del libro ella explicó que el autor de las ilustraciones era precisamente la persona de quien se había enamorado. Durante la posterior rueda de prensa, en la que se agolparon las preguntas de los numerosos periodistas, hurgaron en lo escabroso de su lesión y en cómo había quedado la mano (funcional pero deforme) y a este respecto le preguntaron a él si no le importaba tener una novia que ahora tenía una mano deforme. Sin inmutarse, respondió que la quería porque lo que de verdad le importaba era su alma y esta no había volcán en el mundo capaz de deformarla, y por eso se sentía ahora más orgulloso y feliz que nunca de poder estar a su lado y amarla.
 

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